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Como parece que los jefes, más allá de los discursos no comparten mucho el secreto, al menos mientras no se asienten los presupuestos, tendremos que ser los ciudadanos quienes asumamos dicho papel. Por lo menos durante las próximas fiestas del Pilar en la que, muchos o pocos, todos recibimos a algún conocido, amigo o familiar.

Aprovechemos que vienen para sacarlos a la calle y que descubran nuestras peculiaridades. Tiempo habrá a lo largo del año para acudir a establecimientos exóticos o a las cadenas siempre iguales a sí mismos. Enseñemos nuestras tapas a los foráneos también las de los barrios −más asequibles−, presumamos de madejas y fardeles, de las tortillas de patata, de los pinchos de diseño, de las croquetas recién fritas y, por supuesto, de esas salmueras tan nuestras, aunque no tengamos mar.

Vayamos a los restaurantes, pero por unos días olvidemos el atún y la quinoa; nuestro tomate, aún en sazón, las borrajas, la achicoria, los pimientos, los boliches… delicias que pocos podrán probar más allá del Ebro. Y les recordemos que tenemos un cordero propio y diferente, que en nuestras montañas pastan vacas singulares… que hasta criamos esturiones y producimos caviar. Presumamos de nuestros vinos, de la inmensa mayoría, buenos y a precios muy razonables, al menos en las bodegas.

Y, al pasear, entremos en el comercio cercano a comprar nuestros productos artesanos. Franquicias hay en todo el mundo, pero ahí no venden queso de Benabarre, azafrán del Jiloca o mermeladas ecológicas. Que vuelvan a casa bien cargados.

Luego quizá ya no encuentren nada en sus lugares de origen, pero esa no es nuestra batalla. Nosotros, ciudadanos, vendemos orgullo y territorio, y deben ser otros quienes comercialicen de forma física.

Compartamos, al menos estos días, que ya llegará el invierno.

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