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LA HOJA VERDE. Mucho camino por recorrer

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ECO Alcachofa de Tudela GOC

Los plásticos y pesticidas que llegan a lo ríos pueden llegar a los humanos a través del agua de riegos.. FOTO: Gabi Orte Chilindrón.

Tenemos la falsa impresión de que cada vez somos más respetuosos con el medio ambiente y que cada vez contaminamos menos. Hemos hecho nuestros términos como respetuoso con el medio ambiente, energía limpia, ecológico, sostenible, reciclable, natural y un largo etcétera, los cuales inundan los reclamos publicitarios con los que nos bombardean diariamente.

Los hemos interiorizado como algo ya innato en todo lo que hacemos y compramos, igual que las mentiras que al repetirlas muchas veces se convierten en verdad. Esta falsa sensación de ecologismo ha permitido, por ejemplo, que no veamos con malos ojos el consumir envases de un solo uso, ya que como son reciclables, tenemos la excusa perfecta para poder seguir derrochando recursos tirándolos al contenedor amarillo, verde o azul, con la esperanza de que otros lo enmendarán al reciclarlos. Pero no es oro todo lo que reluce, ya que desde organizaciones ecologistas y sociales alertan de que «las bondades de esta economía circular están más cerca de la fantasía que de una buena gestión de los residuos».

Por ejemplo, han puesto en el punto de mira a empresas como Ecoembes, la cual, según ellos, solo recicla el 25% de los envases que se recogen; el resto acaban en vertederos, incineradoras o enviándolos a países con menos recursos. Por lo tanto, si no hay una correcta gestión de estos, no es de extrañar que los veamos tirados por todas partes, sin menospreciar tampoco a los cochinos de dos patas, que haberlos haylos y cunden mucho.

Plásticos

Esta falsa sensación de que todo lo que acaba en el contenedor amarillo se recicla, así como otras cuestiones tales como el lucro económico que hay detrás de los mismos, viene muy bien descrito en el informe Plastívoros: la verdad sobre el ingrediente más tóxico de nuestra alimentación, que recientemente han publicado Amigos de la Tierra y Justicia Alimentaria.

Los datos en él recogidos dan mucho que pensar. Solo desde 2015 se han producido unos 6300 millones de toneladas de residuos plásticos, de los cuales un 9% se ha reciclado, un 12% se ha incinerado y el 79% restante ha acabado en vertederos, en el mar o en el medio ambiente.

No hay que olvidar que el plástico viene del petróleo, que es de todo menos sostenible. Tanto el refinado de la materia prima como la fabricación del plástico tienen un impacto directo sobre el medio ambiente y sobre la salud de las personas que trabajan en estas actividades. En los productos plásticos se utilizan al menos 132 sustancias o grupos de sustancias que pueden ser problemáticas para la salud.

Además, su uso generalizado en la agricultura, ganadería e industria alimentaria posibilita que también los podamos encontrar fácilmente en nuestro organismo. Por ejemplo, si se usan los lodos de las depuradoras como fertilizantes, que suele ser su destino mayoritario, convertimos los suelos agrarios en vertederos de microplásticos, afectando de esta manera a los ecosistemas del suelo, a los cultivos y al ganado, ya sea de manera directa o a través de las sustancias tóxicas agregadas durante la fabricación del plástico original.

Puede parecer ciencia ficción que los plásticos que vemos en el campo puedan acabar en nuestro estómago, pero lamentablemente ya está ocurriendo. Un trabajo de la universidad australiana de Newcastle estima que una persona ingiere de media cinco gramos de plástico a la semana, lo que viene a ser lo mismo que comerse una tarjeta de crédito semanalmente.

Sin despreciar la cantidad de plástico contenida en una tarjeta de crédito, parece que lo preocupante no sólo es la cantidad, sino también su tamaño. Según Nicolás Olea, investigador y catedrático de Radiología y Medicina Física de la Universidad de Granada, «ojalá todo lo malo fuese comer tanto plástico como una tarjeta de crédito, pues eso se expulsa en las heces. Lo importante es el tamaño de la partícula, pues si tiene un tamaño mínimo, puede interaccionar con algún sistema orgánico».

Uso de pesticidas

Dejando a un lado los plásticos, y volviendo a la contaminación del medio ambiente. Otra falsa expectativa creada es la reducción del uso de pesticidas en la agricultura. En la UE la venta de pesticidas es superior a los 350 millones de kilos al año, casi 0,8 kilos de pesticidas por habitante y año.
Con esta cantidad de pesticidas comercializados no es de extrañar que el Informe anual 2019 de la red de control de plaguicidas de la Confederación Hidrográfica del Ebro, de reciente publicación, concluya que se observa un aumento de plaguicidas utilizados respecto a otros años, dado el incremento del número de estos detectados en los ríos muestreados.

Por lo que igual que con el problema de los plásticos, si se detectan pesticidas en los ríos lo lógico es que también los encontraremos en los cultivos regados con sus aguas. Aunque las concentraciones no son elevadas, y cumplen con la normativa ambiental en la mayoría de los puntos muestreados, hay que seguir insistiendo en que no sólo importa la cantidad individual de cada pesticida hallada, sino también el número de materias activas detectadas, para poder conocer el cóctel químico que tenemos. Según Nicolás Olea, en referencia al efecto cóctel, «la realidad es que uno está expuesto a cientos de compuestos químicos que entran por diferentes vías y convergen en tu organismo, que es un verdadero sumidero de todo lo que hay en el medio ambiente. Entonces la lógica te exige que consideres el efecto combinado dentro de tu organismo de todos estos compuestos. Eso es lo que conocemos como el efecto cocktail, pero desgraciadamente eso muy rara vez o nunca se ha considerado porque se evalúan los compuestos de forma individual. Por lo que no corresponde a la realidad de lo que está ocurriendo, que es la exposición a múltiples compuestos». Hasta que a alguna administración, europea o estatal, le dé por estudiar los efectos de este cóctel en nuestro organismo, tendremos que aplicar el principio de precaución, como mínimo a nivel doméstico, reduciendo nuestra exposición a ellos.

La mejor manera de empezar a minimizar sus efectos adversos es a través de nuestra cesta de la compra, evitando adquirir productos plastificados y potenciando los productos procedentes de la producción ecológica. Aunque algo de camino se ha recorrido en post del cuidado del medio ambiente, falta todavía mucho por andar. Las palabras y las buenas intenciones no son suficientes, hay que pasar a la acción, reduciendo el uso y el consumo de plásticos y de pesticidas, evitando de esta manera que acaben contaminando el medio ambiente y los alimentos. El movimiento se demuestra andando.

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