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EL GABINETE GASTRONÓMICO. Nombres propios en la ilustrísima cocina de Bardají

CULT A Roman Feast Roberto Bompiani

‘Una fiesta romana’, obra del italiano Roberto Bompiani, fechada a finales del siglo XIX.

Describe con lujo de detalles el senador y cónsul Publio Petronio Árbitro –c. 14-27 a.C. – c. 55-56– la voluptuosa e inmoral vida –según nuestros criterios actuales– de la sociedad romana en tiempos de Nerón, en su deslumbrante Satiricón, que según algunos estudiosos ni es de Petronio ni está concluso.
Quien fuera considerado árbitro de la elegancia en la Roma clásica neroniana, primero consejero del emperador y al cabo odiado por este, hasta el punto de acabar su vida abriéndose las venas en el baño, muere no sin antes pergeñar un libelo en el que hace detallado elenco de los vicios y necedades del tirano.

Nos lega una obra interesantísima, compleja, sociológicamente exhaustiva, de brutal epicureísmo, organizada sobre el hilo conductor de los amores efébicos de Encolpio –que por el tenor del relato bien pudiera reflejar la actitud del propio Petronio– y Ascilto, que se disputan la posesión y goce del hermoso Gitón, de tierno natural, despierta inteligencia y praxiteliana belleza, que no rehúsa deleitar con sus encantos, voluntariamente y no pocas veces forzado, a mujeres como Trifena, Doris o Cuartila, además de varones como Licas o Licurgo, además de sus dos perpetuos pretendientes, Encolpio y Ascilto.
Tal actitud no es novedad en la Roma neroniana y ya resulta cantada, cierto que de un modo algo más descarnado, por Catulo, fallecido joven más de un siglo antes; ejemplo elocuente tenemos, por ejemplo, en los poemas XV, XVI, XXXII o LXXX, de este joven trepador.

Banquete en Pompeya. Fresco ubicado en el Triclinium de la Casa Vetii.

EL BANQUETE DE TRIMALCIÓN

Objeto de mi breve descripción, el banquete de este rico romano de origen plebeyo, inculto y ostentoso, enriquecido extraordinariamente gracias a su espíritu comercial y al joyero empeñado de su esposa Fortunata, ocupa algo más de la tercera parte del libro que nos ha llegado –entre los capítulos XXIX y LXXVIII– y en él se recogen algunos pequeños relatos, a modo de las intranovelas del Quijote –como El curioso impertinente–, algunos poemas de diversa extensión y mérito –atribuibles en su mayoría al ridículo vate y compositor Eumolpo, al final siempre vituperado y malparado–, numerosas escenas incomprensiblemente ridículas, obsequios impensados a los invitados, amenazas a la numerosa servidumbre que se resuelven en bromas y caprichos estéticos dilapidatorios, como el derroche de azafrán o las mesas de plata maciza. El anfitrión invita con insistencia a los circunstantes a consumir todo el excelente vino que les ofrece y también a que alivien sus tripas de molestos gases, sin disimulo alguno.

Cualquier momento es bueno para hacer ostentación de sus enormes riquezas. Llegado el marmolista Habinas, especialista en monumentos funerarios, proclama públicamente el contenido de su testamento, con el reparto de sus bienes y el diseño de la construcción funeraria; a pesar de agradecer con máximo legado a su esposa Fortunata, coautora con sus bienes y vigilancia doméstica del desarrollo de la fortuna del anfitrión, prohíbe que su imagen sea esculpida de cualquier modo en el mausoleo.
Trimalción había invitado a innumerables personajes, con la excusa de obsequiar a sus amigos –bastantes de ellos escasamente conocidos o circunstanciales parásitos del insensato millonario– y al tiempo manumitir a un numeroso grupo de sus esclavos, bien por la imposición pública del pileo –gorro frigio–, bien por la invitación a compartir mesa y asiento con el amo y sus invitados. Únicamente dejó sin manumitir al joven esclavo Creso, de aspecto prematuramente senil y dentadura amarillenta, que se permitía todo tipo de libertades con su amo y le procuraba generosos momentos de placer venéreo y de compañía amena o aduladora. Los golpes de efecto y alardes de servidumbre hábil y altamente profesional en la re coquinaria de los cocineros de Trimalción son continuos y aquí se minimizan para transmitir lo esencial del banquete, absolutamente caótico y ajeno a cualquier canon de servicio de una mesa formal, incluso de la época.

Tras acceder a la invitación, el protagonista del relato entra en una estancia ostentosamente decorada con pinturas parietales que muestran a Trimalción coronado por Mercurio y a diversos esclavos y animales, para luego pasar a la sala del banquete, a cuya puerta un mayordomo anota cuidadosamente la filiación de los asistentes, exhortando a los que acceden a hacerlo apoyando en primer lugar el pie derecho. Una absurda broma sobre la pérdida del vestido de banquete, protagonizada por el esclavo copero, que queda en nada, nos avisa del previsible desarrollo al tiempo grandilocuente y ridículo que impregnará la cena.

Imagen de la película Satiricón, 1969, de Federico Fellini, inspirada libremente en la obra.

A modo de aperitivo, los invitados fueron obsequiados con vinos finos, raudamente servidos, poniendo además a su alcance recipientes de plata con aceitunas blancas y negras, lirones asados embadurnados con miel, salchichas asadas, ciruelas de Siria y granos de granada. Tras tan grato prólogo, apareció Trimalción, portado por esclavos sobre una suerte de lecho gestatorio, tocada su calva cabeza con un velo de púrpura y el resto del cuerpo, desde el cuello, por enorme servilleta con largas borlas, luciendo al tiempo joyas de oro y marfil en manos y brazos. El artificio de concluir en público una partida de fichas con peones de oro y plata para no privar de su compañía a los invitados, se acompañó en paralelo del obsequio a los circunstantes de una gran gallina de madera tallada, llena de huevos que ofrecieron los esclavos a los asistentes y que en realidad eran pequeños pajarillos cocinados y especiados, envueltos en pasta moldeada imitando la forma de un huevo.

Tras una pequeña caída de algún esclavo y otras necias anécdotas, se trajo vino añejo de Falerno, que fue ávidamente trasegado por los invitados. Luego de la exhibición de un pequeño autómata que remedaba a un esqueleto, se presentó un gran centro de mesa en forma que globo, que representaba el cielo con los doce signos del Zodíaco; sobre cada signo se habían dispuesto, sucesivamente, manjares representativos de tales signos: garbanzos, carne de vaca, riñones y criadillas, una corona, higos de África, una matriz de cerda, torta y pastel, pez, liebre, langosta, pato y barbo marino. El centro de la presentación era un gran panal de miel, con la que se untaban panecillos calientes que un esclavo ofrecía a los invitados. Inmediatamente, varios esclavos retiraron la parte superior de la pequeña bóveda celeste, apareciendo en el interior selectos manjares: aves cebadas, una ubre de cerda, una liebre aderezada con alas adheridas, que imitaba a Pegaso, y en los ángulos de la mesa de tan peculiar construcción, sátiros de los que manaban chorritos de salmuera sobre fuentes con pescaditos condimentados.

Tras diversas consideraciones biográficas y digresiones sobre algunos personajillos, incluida la esposa del anfitrión, Fortunata, se sirvió una gran jabalina asada, rodeada de pequeños jabatos hechos de pasta cocida, que se ofrecieron a los circunstantes; la jabalina se cortó por el vientre, surgiendo de su interior tordos vivos, que se capturaron con cañas embadurnadas de liga, ofreciéndolos a los invitados. La jabalina portaba pendientes de sus enormes colmillos unas cestas llenas de exquisitos dátiles, que fueron golosamente devorados por los convidados.

Después eligieron un cebado cerdo entre tres que fueron presentados a la concurrencia, que al punto fue cocinado con inaudita presteza; con la excusa de castigar al cocinero que no había eviscerado, según Trimalción, al animal en las prisas por prepararlo, un certero tajo del mismo cocinero hendió el vientre del animal, brotando al punto de su interior abundantes morcillas y salchichas, alborozo de los invitados que las degustaron con presteza. Las libaciones con vinos de diversos tipos se repitieron generosamente. Se leyeron crónicas, ecos de sociedad y otros cotilleos y hubo algún espectáculo de malabarismo, contorsionismo y música, además de repartir una especie de lotería arbitraria en dinero efectivo. Luego se ofrecieron jamón, fresas y pescados a modo de símbolos de la madre Fortuna. Y perfumes en vasos de alabastro. El intermedio se alegró con el abasto de diversas frutas.

No contento con el hartazgo material de la concurrencia, Trimalción interroga a Habinas sobre la comida funeraria a la que acaba de asistir con motivo del fallecimiento poco anterior de un cliente. El marmolista funerario se regocija recordando que además de la abundancia de vino ofrecido, del que parte hubo de derramarse ritualmente sobre el cadáver del honrado funerariamente, los invitados degustaron un cerdo asado relleno con salchichas y morcillas, mollejas condimentadas acompañadas de calabazas y pan moreno, tarta fría con deliciosa miel española, garbanzos, altramuces, nueces y manzanas. Además se ofreció un trozo de osezno asado, muy tierno. La conclusión postrera fue de queso blando, vino cocido, caracoles, callos picados, hígado, huevos, rábanos, mostaza, mariscos, bizcochos y un par de pequeños atunes, además de unas aceitunas aliñadas que debían de estar tan buenas que los comensales se las disputaban. Un jamón presentado se devolvió sin probar a la cocina.
Casi al final de la cena hizo aparición Fortunata, que aprovechó la ocasión, con motivo de un comentario elogioso hacia su indumentaria, para mostrar detalladamente todo el espléndido contenido de su joyero, que hizo llevar a los sirvientes. Tras cambiar las mesas por otras limpias y tapizar el suelo con serrín teñido por una generosa mezcla de azafrán, bermellón y talco, se depositaron en los nuevos apoyos pequeños recipientes con dulces, golosinas diversas y frutas que amenizasen la subsiguiente conversación durante la velada.

Quizá Petronio pretendió ridiculizar de una tacada la ignorancia, fatuidad, ausencia de criterio gastronómico sensato y anárquica prodigalidad de las clases poderosas, que no nobles, de la sociedad de su tiempo, mediante el embarullado festín de Trimalción; a fe mía que lo consiguió cumplidamente.

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