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LAS BLASQUIADAS. Capítulo 3, primera parte

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CULT Blasquiadas 3

 

Era tan joven que el hecho de perder el trabajo esa tarde, me importó poco. Pero no es del todo cierto, no solo fue mi juventud. Hay algunas cosas más. Siempre hay más.

Ahora, siglos más tarde, puedo verme esa tarde en clase frente a un grupo de adolescentes sin el menor interés por palabra alguna que saliera de mi boca. Así que a los diez minutos de que comenzara la clase, como tantas veces antes, puse el cassette de New Ceremony de Leonard Cohen y salvo un diligente chico de mirada enloquecida que, absurdamente, creía que el motivo era ampliar el understanding, los demás nos dedicamos a mirar por los ventanales sin disimulo alguno.

La plaza San Francisco hervía con hermosas jóvenes con carpetas contra sus pujantes pechos. Salían a oleadas del campus. Las chicas de derecho vestidas ya como vestirían en quince años, las de filosofía como si acabaran de llegar de un campamento zíngaro.

Y sobrevolando todo las canciones de Cohen que teñían la escena de una melancolía luminosa que me hizo preguntarme cuando iba a disfrutar de una vez de un good fuck, sin saber que iba a ser ese misma noche y con dos hermosas mujeres que en pocos minutos iban a aparecer en la clase… Se oyeron unos gritos, pasos, gritos, pasos acercándose y se abrió la puerta tras la que apareció un sonriente Martín Blasco y a sus espaldas dos mujeres bellísimas y un señor López, fuera de sí, tratando de cerrar la puerta.

Para entonces, había aprendido de Blasco a valorar la importancia de las escenas: levanté la mano teatralmente indicando que no entraran, me acerqué lentamente al radiocassette, presioné al botón de stop y me dirigí a mis alumnos: «tengo el placer de presentarles al gran Martín Blasco».
Este entró en la clase flanqueado por sus dos acompañantes. Los tres con evidentes signos de embriaguez. Carraspeó para aclarar la voz. «Estimados jóvenes, brillante futuro de la ciudad, me he visto obligado a interrumpir la clase, dado que Zaragoza, representada por mi humilde persona, necesita los servicios de traducción de vuestro docto profesor». Se volvió hacia mí. «Nos vamos chaval, coge tus cosas».

–No se va –respondió furioso el señor López–, si pretende mantener su puesto de trabajo al menos

–Maldito explotador, ¿cómo has podido trabajar con semejante monstruo? –preguntó mientras guiñaba un ojo a mis alumnos, quienes hasta entonces habían contemplado la escena en total silencio.

–Maldit explotadoggg –exclamó la chica de su derecha– monstuggguo guepugnante.

–Fucking monster –añadió furiosamente la otra– capitalist pig.

Me ahorro el resto de la escena. De todas maneras no os la vais a creer. Yo, desde luego, no me creería una historia así.

En cualquier caso, acabé sin trabajo y el señor López sin gafas y en el suelo. Si algún lector conoce al señor López o a sus herederos le ruego le pida disculpas en mi nombre. Dígale también que la señorita que le pisoteó las gafas, dejó el trabajo de actriz y hoy es una de las guionistas de cine más reputadas de la industria, ganando un Oscar con el controvertido film Violencia en las aulas. Entonces, ambas eran unas jóvenes actrices que se encontraban rodando una película de poco presupuesto en el Castillo de Loarre, creo recordar, y habiendo acabado su parte habían decidido de camino a Madrid pasar un par de días en Zaragoza para conocer a ese Martín Blasco, que tanto había impresionado a su tío Peter O’Toole, quien le había dado el teléfono del bar debajo de la casa de Martín.

Ya en la calle cogimos un taxi, porque Martín afirmaba no encontrarse bien. Como suponía fue llegar a Don Jaime y se había recuperado.

–Es el aire de esa zona, toda esa zona debió de ser una zona pantanosa. No se respira bien si estás acostumbrado al aire puro. Pero no pasa nada, ha merecido la pena. Me vas a servir de interprete con estas muchachas, al parecer quieren irse de tapas y las envía un viejo amigo, sabes que no es tarea baladí y más en su caso. Una de Francia, un pueblo incapaz de saborear la comida si no añaden una tonelada de mantequilla, y la otra inglesa, un pueblo de salvajes, pero qué vas a saber tú, siendo yanqui. En fin, manos a la obra. ¡Pero qué bien se respira, coño¡

–¿Dónde quieres que vayamos? –pregunté al ver que seguía parado, perdido en sus pensamientos y que

Claude y Jane empezaban a aburrirse. Ya entonces, para mí, no había nada más descorazonador que una mujer aburriéndose en tu compañía.

–Sigues estando muy verde. Esa pregunta debería avergonzarte: cuando inicias el tapeo no vas a ningún sitio, em-pie-zas por un sitio. Ir de tapas no es ir a misa, o a un restaurante, es algo muy cercano a un viaje, una actividad dinámica. Los clásicos afirman que no es aconsejable más de dos tapas en un mismo sitio antes de saltar al siguiente bar. Traduce.

Traduje sin que les pareciera importar lo más mínimo. «Tapas, tapas, come on¡» se limitaron a decir. ¡Camón no¡ se dije ja-món, pero no me parece mala idea. Bien, vamos a ver a Paco, me han dicho que acaba de volver de ese pueblo secreto de Teruel cargado de jamones.

Y allí fuimos, atravesamos la calle Mayor y en mitad de un callejón cercano dimos con el Carambita, un diminuto bar casi a oscuras, salvo la barra, iluminada por unos potentes focos, por dónde se esparcían desordenadamente multitud de bandejas a rebosar de diferentes tapas, algunas humeantes. Claude se abalanzó dando gritos de alegría a la barra tan pronto entramos.

–¡Franceses¡ qué panda de salvajes¡ Ven aquí ahora mismo. Traduce.

Traduje y Claude se acercó a nosotros, aguantando la risa a duras penas, lo que no le pasó desapercibido a Martín.

–Queridas muchachas, quiero aclarar algo importante: he aceptado ir de tapas con vosotras por tres motivos: el primero porque me habéis parecido unas jóvenes simpáticas, pero una cosa es ser simpáticas y otra cosa es comportarse como unas hienas, especialmente, tú, Claude, que probablemente tienes algún bisabuelo que estuvo despanzurrando a algunos de nuestros bisabuelos. Traduce –traduje–. El segundo motivo es tu tío, Jane, que es todo un caballero, bueno hasta la quinta copa. Y por un tercer motivo y el realmente importante: debía a este muchacho –yo– desde hace semanas un tapeo. Traduce –traduje–.

–Hay un cuaggto motivo, Maggtin,…el dineggo –le interrumpió Claude–. Nosotrasss vamos a pagagg poggg todo.

Martín, lejos de enfadarse, se echó a reír. «El dinero, el dinero. Siempre el dinero, me temo que no estáis preparadas para ir de tapas: la primera regla, precisamente, es no hablar de dinero. Jamás. Ha sido un placer conoceros. Jane, dale un fuerte abrazo a tu tío cuando le veas. Ahora iros, por favor. Traduce».

Nos dio la espalda y se acercó a la barra con calma. Traduje sus palabras y se inició una discusión entre ellas que no pude oír. Lo sentimos mucho me dijeron. Tío Peter se va a llevar un terrible disgusto, pero Claude es mi amiga y no puedo dejarla sola. Adiós, espero que recobres el trabajo. Claude no dijo nada, tan solo se volvió justo antes de salir y me miró con desdén.

Aún confundido por lo que acababa de suceder, me acerqué a Martín, quien al verme solo, me preguntó que dónde estaban las chicas. Le dije que se habían ido como él les había dicho. «Pero, qué dices, anda ve a buscarlas. Dios santo, la juventud, todo se lo toma al pie de la letra». Pero qué les puedo decir, le pregunté. Pues lo que se dice en estos casos, que me estoy muriendo, que mañana tengo una operación a vida y muerte carísima o lo que se te ocurra, pero corre, hombre de Dios.

Las encontré sentadas en silencio en un banco cercano, les hablé de un terrible cáncer de hígado. No recuerdo exactamente que dijeron, pero recuerdo perfectamente que pensé lo fácil que es mentir. Volvimos juntos. Claude besó con ternura a Martín en las mejillas y Jane a mí.

CONTINUARÁ

 

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