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LA BALANZA. Se va el caimán

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«Se va el caimán, se va para Barranquilla…» ¿O no?

 

En el mundo de la propiedad industrial, no siempre gana el más grande, ni el más famoso, ni el que tiene un logo bordado en todos los polos de medio planeta. A veces, el débil vence al fuerte, el dibujo animado le gana al reptil realista… y el caimán sonriente termina dándole un revolcón legal al cocodrilo más fashionable del planeta, y que viste alguno de los mejores tenistas del mundo.

Todo empezó cuando Lacoste, la casa del cocodrilo estirado –ese que parece estar siempre listo para saltar sobre tu cartera–, decidió oponerse al registro de una marca solicitada por una empresa española mucho más modesta. La afrenta: un logo con un caimán de caricatura en color mostaza, acompañado del título académico Dr. Caiman. Sí, doctor… porque al parecer fue a la universidad y todo.

Lacoste dijo: «¡Se van a confundir nuestros fans! ¿Cómo distinguirán entre mi cocodrilo elegante y este caimán con cara de meme?».

Lacoste invocó, entre otros motivos, el riesgo de confusión –Artículo 8(1)(b) EUTMR– y el perjuicio a la reputación –Artículo 8(5) EUTMR– de sus marcas anteriores.

Las evidencias presentadas por Lacoste –que incluían numerosos artículos de prensa y extractos de libros, como el Brand History Lacoste y The Lacoste Legend– demuestran que el logo del cocodrilo –específicamente una de las marcas alegadas, y que aparece en sus polos de verano– es un icono de la moda y «uno de los logos más famosos y fácilmente identificables del mundo». El logo es referido a menudo como el cocodrilo icónico o la marca del cocodrilo.

Sin embargo la EUIPO no lo tuvo tan claro. La reputación de la marca de Lacoste se probó principalmente en Francia, que se considera una parte sustancial del territorio de la Unión Europea –dado el gran tamaño y población de Francia, más de 64 millones de habitantes– y se estableció solo para polos –polo shirts– de la Clase 25; si bien se consideró insuficientemente probada para los productos de la Clase 3 –como perfumes y cosméticos–, a pesar de que algunos documentos mencionaban la reputación de los perfumes de Lacoste.

Así las cosas, y acudiendo a los parámetros marcarios de comparación de signos y de interdependencia entre los distintos factores: nula similitud visual; absoluta diferencia conceptual e inexistente vínculo mental para el consumidor –seamos sinceros: ¿quién al ver a un caimán mostaza con sonrisa de dibujo animado se pone a pensar en elegancia parisina? Exacto–, la EUIPO concluyó que es «muy improbable» que alguien vea al Dr. Caiman y diga: «Oh, Lacoste ha abierto una línea de cosméticos en dibujos animados».

La decisión fue clara: Lacoste perdió, y el Dr. Caiman ganó. Y ahí fue cuando en los pasillos del imponente edificio de la EUIPO, allí en Alicante, cerquita de la playa, empezó a sonar una canción: Se va el caimán, se va el caimán… se va el caimán, pero no pa’ Barranquilla… ¡se va pa’ la EUIPO con su registro bajo el brazo.

Mientras el cocodrilo, por su parte, se quedó mirando desde la orilla con su sempiterna boca abierta, mascullando que ni su pretendida fama mundial ni su porte, pudieron contra un reptil sonriente en clave de caricatura.

Moraleja

En la selva de la propiedad industrial no siempre gana el más feroz. A veces, con un poco de humor, color mostaza y un título de doctor, hasta el caimán le canta victoria al cocodrilo.

Y como escribió Cervantes en Don Quijote: «El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho».
Pues bien, parece que este caimán, además de andar mucho, leyó bastante… ¡y terminó sabiendo cómo ganarle al cocodrilo!

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