
Hemos dado la bienvenida a este nuevo año, continuando con el clima de tensión, cabreo e intranquilidad con el que terminamos el año 2025, en la que varios actores de la política global se han empeñado en jugar al risk, imponiendo sus delirios de grandeza, sobre el resto de las potencias mundiales. En lo que respecta a las políticas agrarias, el río también viene revuelto por varias cuestiones, entre las que destacan las siguientes: la próxima Política Agrícola Común, PAC, y el acuerdo UE-Mercosur.
Ya se está empezando a hablar de la PAC post 2027, y parece ser que las flexibilizaciones ambientales
introducidas en la actual PAC quieren que se consoliden de forma permanente en la PAC post 2027, lo que supondría un paso atrás en la protección ambiental, reduciéndose el presupuesto para medidas verdes.
Las voces críticas a esta nueva PAC alertan de retrocesos en la agroecología por la falta de apoyo específico a la transición agroecológica, en favor de modelos menos sostenibles, desoyendo la urgencia climática. También advierten del debilitamiento de la resiliencia del sistema alimentario, frente a crisis climáticas, al no apoyar modelos que apuesten por incrementar la fertilidad y la actividad biológica de los suelos, por el cuidado de los recursos hídricos y por el incremento de la biodiversidad. Desde la Coalición
Por Otra PAC reiteran que «el debate sobre la futura PAC no puede plantearse como una elección entre rentabilidad económica y protección ambiental. Esta dicotomía es falsa. Sin suelos fértiles, agua disponible, biodiversidad funcional y resiliencia climática no es posible sostener la producción agraria ni las rentas del sector a medio y largo plazo. La PAC futura debe ser una política fuerte, común y bien dotada, que apoye a quienes producen alimentos al tiempo que cuidan los ecosistemas y sostienen el territorio, y que distribuya los recursos públicos de forma más justa y eficaz».
Otro tema candente, de rabiosa actualidad, es el reciente acuerdo UE-Mercosur, que abre la puerta a mercados agrícolas a gran escala, como los grandes agronegocios de países como Brasil o Argentina, que operan con costes ambientales y sociales mucho más bajos –mayor uso de pesticidas prohibidos en Europa, menores exigencias de bienestar animal o controles laborales laxos–, poniendo en riesgo a los agricultores y ganaderos europeos, debilitando la soberanía alimentaria y contradiciendo los objetivos climáticos, ambientales y sociales que la propia UE dice defender. Se escudan en que para protegernos se van a exigir cláusulas espejo, las cuales no impiden la entrada de alimentos producidos con pesticidas prohibidos en la UE o mediante modelos intensivos de ganadería, por lo que normalizan esa entrada bajo una apariencia de control.
Las consecuencias de este libre mercado son de sobras conocidas: caída de precios en los mercados europeos, pérdida de renta agraria y desaparición progresiva de explotaciones familiares, ya diezmadas por los efectos del cambio climático, la volatilidad de los precios y por la presión de los lobbies agroindustriales globales. Como dice Javier Guzmán, director de Justicia Alimentaria: «No es una guerra entre países, es una guerra entre modelos. El acuerdo UE–Mercosur –como todos los tratados de libre comercio– se entiende mucho mejor si dejamos de mirarlo como un conflicto entre países y lo analizamos como un conflicto entre modelos productivos. Quienes pierden son las producciones familiares, de pequeña escala, agroecológicas y enraizadas en el territorio. Da igual si están en Aragón, Galicia, Mato Grosso o Entre Ríos. Una granja lechera asturiana y una de la pampa argentina están en el mismo bando… y van a perder las dos. Quienes ganan son las grandes explotaciones intensificadas, integradas en corporaciones agroalimentarias con vocación exportadora.
Las de aquí y las de allí. Y, a menudo, resulta que son exactamente las mismas». Si como consumidores ya tenemos un papel crucial, a través de nuestra elección diaria de compra, potenciando con ella un modelo productivo u otro, este cada vez será más relevante, y más aún viendo hacia dónde nos llevan nuestros dirigentes políticos. Compremos conscientemente, hay mucho en juego.
