Tradición familiar desde un château en La Rioja
Dos vistas de las instalaciones subterráneas de la recuperada bodega, donde reposan toneles y botellas. Foto: Francisco Orós.
El sueño, la pasión y la firme voluntad de los hermanos Amézola fueron determinantes a la hora de volver a empezar en el intrincado mundo del vino. A mediados de los años 80, Íñigo y Javier Amézola decidieron apostar por el futuro y retomaron la actividad enológica iniciada por su bisabuelo a principios del siglo XIX en su bodega de Torremontalbo, Rioja Alta, al abrigo de la Sierra de Cantabria, justo en la confluencia de los ríos Ebro y Najerilla.
No fue una empresa fácil, sobre todo teniendo en cuenta que en los últimos cien años la actividad había sido abandonada como consecuencia de la plaga de filoxera, con lo que eso conlleva respecto al cuidado del viñedo y mantenimiento de las instalaciones. Hubo que replantar las vides arrancadas en 1900 y reconstruir los edificios deteriorados por el abandono de más de un siglo, en especial los calados, para lo cual fue necesario el trabajo de una treintena de canteros gallegos durante más de dos años. En la actualidad al frente de este proyecto –a todas luces ya consolidado– están María y Cristina Amézola, las bodegueras más jóvenes de la DOC Rioja, quienes con el asesoramiento del enólogo francés George Pauli han logrado situar sus vinos entre los mejor valorados por el mercado.
La bodega es una típica construcción riojana de sillares de piedra y ladrillo, rodeada de cuidados jardines. Foto: Francisco Orós.
Coquetas bodegas
El trabajo bien hecho y sobre todo la ilusión y el esfuerzo invertidos han dado sus frutos, de manera que a día de hoy las Bodegas Amézola de la Mora son unas de las más coquetas de la región. Sus 70 hectáreas de viñedo propio, con suelos arcilloso-calcáreos, pedregosos y calizos, rodean la bodega tipo château bordelés, y bajo la tierra se extienden los calados y cuevas donde los vinos se someten a crianza, envejecimiento y redondeo en botella.
La vendimia suele ser tardía y se realiza de forma manual por parcelas, esperando al techo de maduración, lo cual supone cada año un riesgo que forma parte del encanto de esta bodega que se autoabastece de uva íntegramente procedente de sus viñedos. En 2001 salió al mercado la primera añada y en 2012 se celebró el 25 aniversario de esta nueva etapa de la familia Amézola. Se producen aproximadamente 300 000 botellas al año, el 70 % de las cuales se destinan al mercado nacional, mientras que el 30 % restante se exporta fuera de nuestras fronteras.
Elaboran una completísima gama de vinos, siempre con criterios de tradición y elaboración artesanal. Como se suele decir son vinos de corte clásico que siempre gustan, son vinos con sabor a familia, según reza en su página web.
Sarmientos en invierno, con restos de los racimos de tempranillo. Foto: Francisco Orós.
Un crianza con quince meses en barrica, un reserva con 22 meses en barrica y un gran reserva con nada menos que treinta meses todos ellos en barrica son la gama –por decir así– más tradicional, a los cuales se añaden –siguiendo la moda de los últimos años– dos vinos de pago: un blanco 100 % viura con cinco meses de barrica y un tinto 100 % tempranillo con ocho meses de crianza en barrica de roble francés.
Tuvimos la oportunidad de catar este último vino –bautizado en honor a uno de los hermanos Amézola, fundadores de la bodega, Íñigo–visualmente de un intenso color rojo cereza de capa media con ribete malva. Nariz de frutas rojas a manos llenas, regaliz rojo, guirlache, caramelo y cacao en polvo. Mentolados y tabaco rubio. Alegre y juvenil en boca, muy agradable y equilibrado. Un Rioja de corte moderno, con mucha fruta y una crianza que acompaña sin resaltar.
El coupage utilizado para la elaboración del crianza, reserva y gran reserva es el más habitual en La Rioja –tempranillo, mazuelo y graciano– realizándose trasiegas semestrales, dirigidas personalmente por el equipo de enólogos, un auténtico rompecabezas en su parque de 2000 barricas de roble. En los últimos años se ha iniciado la comercialización de algunas series limitadas de vinos, en exclusiva para socios, con la posibilidad de personalizar sus etiquetas e incluso con la opción de adquirir añadas antiguas procedentes de la colección de la familia Amézola.
Prensa de vino instalada como ornamento en los jardines de la bodega. Foto: Francisco Orós.
Tranquila visita
El acceso a la bodega se realiza desde la misma N-232, unos kilómetros antes de llegar a Cenicero dirección Logroño. Un blasón heráldico de la familia nos da la bienvenida y un camino asfaltado de unos cientos de metros flanqueado por viñedos nos conduce hasta las instalaciones de la bodega. Típica construcción riojana de sillares de piedra y ladrillo, rodeada de cuidados jardines y zona de aparcamiento para los visitantes. A la hora acordada nos encontramos con un miembro del personal de la bodega, quien sería nuestro guía durante la visita. Al poco rato se incorporó al grupo una pareja de Burgos, que según nos dijeron, realizaban su primera visita a una bodega, detalle cuando menos curioso, proviniendo de tierras tan ricas en lo enológico como las burgalesas. Tal vez fueran espías de la DOP Ribera del Duero.
Comenzamos la visita dando un breve paseo por el viñedo, en absoluta hibernación en aquella fecha. Pudimos constatar la proximidad de las vides a la bodega, apenas unos metros, lo cual pone en valor la brevedad del tiempo de traslado del fruto, consiguiendo minimizar los daños por aplastamiento durante el mismo. Pasamos a continuación a la sala de elaboración, donde nuestro guía nos proporcionó todo tipo de información técnica acerca de fermentaciones, remontados, descubados, prensado de hollejos, etc. Fue una charla distendida y cercana, una conversación sincera, directa, sin poesía ni romanticismo, a ratos incluso vehemente, sin paños calientes, vamos… En esta bodega se hace vino, muy buen vino, no se vende humo, así que la explicación durante la visita fue eminentemente técnica, en defensa del terroir, concepto francés que engloba viñedo, laboreo y proceso de vinificación. Y se habló de vino y de su elaboración, no de arquitectura, diseños innovadores, sostenibilidad bioclimática y demás ensoñaciones.
Íñigo, tinto 100 % tempranillo con ocho meses de crianza. Foto: Francisco Orós.
Un agradable paseo por los calados subterráneos, a nuestro entender algo infrautilizados, nos condujo finalmente a una pequeña sala de catas. Concluimos nuestra visita degustando un Viña Amézola Crianza, generosamente servido por nuestro guía quien, haciendo hincapié en que «el vino está para disfrutarlo», abandonó rápidamente los académicos protocolos de cata y nos animó a terminar la botella. Visualmente de color rojo cereza muy madura, de capa media, ribete granate y lágrima fina ligeramente pigmentada. Todo elegancia en nariz, frutas rojas y ciruelas negras, igualmente delicioso a copa parada que a copa agitada. Madera limpia de roble, especias nobles y caja de tabaco rubio. Redondo y equilibrado en boca, sin aristas, nada astringente y con una generosa acidez que amortigua su contenido alcohólico más bien alto, pero absolutamente indetectable. De trago largo y fácil, ligero en su paso por boca, sabroso sin molestar, voluminoso sin resultar excesivo, invita a tomar una copa tras otra.
Adquirimos, por supuesto, unas botellas de ese mismo vino, el cual esperamos catar más tranquilamente, para confirmar que en Amézola de la Mora se siguen haciendo muy bien las cosas. Y, sobre todo, muy buen vino.
