
Cuando tropiezas en tu vida con una persona con tanta personalidad como José Miguel Martínez Urtasun, lo primero que modificas es la palabra tropiezo por descubrimiento. Reconozco que cuando me lo presentaron la primera vez, en una de esas deliciosas actividades que organizaba la Asociación Slow Food, conocidas como Aula de Cultura Alimentaria a orillas del Ebro, me llamó la atención. ¿De dónde había salido este personaje? ¿Era un escritor de ensayos aragonés o un científico galés?
Mi primer impacto visual con Urtasun me dejó descolocada; a mi, que tengo la mala costumbre de catalogar a la gente en el primer vistazo –aunque me gusta reconocer todas las veces que he errado–, me resultó muy difícil encuadrarlo, porque no era moderno, ni antiguo, quizá su flequillo desordenado por sus remolinos le daba un aire de compañero de facultad que coincides con él de vez en cuando por el campus, al que oyes manifestarse en las asambleas, compensando su timidez con su brillante oratoria.
Desconozco si cuando era un estudiante de Ciencias Físicas coincidía con esta descripción imaginada.
Después, cuando le fui conociendo, puedo describir sus ojos como aliados curiosos para desentrañar cualquier tema en que él necesitara documentarse, complementándolo hábilmente con su mirada perspicaz y guasona. Estos canales de comunicación visuales junto con el procesado que recibe auditivamente, ayudado por su inseparable bolígrafo bic naranja, dejan el mensaje transcrito a palabras en su libreta moleskine, haciendo que su trabajo resulte realmente eficaz: Más información detallada en menor cantidad de tiempo empleado.
El pasado 25 de febrero la Academia Aragonesa de Gastronomía le concedió el merecidísimo Premio de Cultura Gastronómica Antonio Beltrán por toda su trayectoria. Su vicepresidente estableció la bonita comparación de Urtasun con un puente porque pone en contacto a los productores con los cocineros y consumidores, yo aún diría más –emulando a uno de los hermanos Hernández/Fernández–, y diría, con un acueducto, porque funciona como tal, salvando obstáculos y, además, transportando conocimientos ancestrales, curiosidades y recetas tradicionales.
Este periodista gastronómico agradeció a la gran Concha Monserrat que le enseñase a preguntarse todos los porqués para después poder ofrecer respuestas a la ciudadanía; resulta digno de admiración por su coherencia –no se casa con nadie–, su constancia –se le considera un cronista–, su empatía –para poder reseñar de la cocina, has de saber cocinar primero–.
Desde esta su revista, que sigue saliendo a la calle desde hace 17 años, no solo difundiendo la gastronomía aragonesa, sino apoyándola, quiero expresarle mi gratitud porque es un verdadero lujo poder contar con una persona que sabe arrojar luz –cuando se le solicita– sobre dudas, ocurrencias y sugerencias; y también una verdadera suerte porque al ser un tipo multidisciplinar, sus respuestas se contemplan desde diferentes enfoques. Hablando de enfoques, agradecemos su complicidad con Gabi Orte Chilindrón, porque resulta pura sinergia.
Por su cabeza inquieta siguen bullendo ideas y proyectos como el de materializar una Agencia Aragonesa de Gastronomía, para que la alimentación resulte saludable, sostenible, solidaria y satisfactoria. Siempre me pilla a contrapelo cuando nos recuerda a los que colaboramos en Gastro: «Los textos, please». Pero mira, hoy me lo ha puesto fácil, él mismo me ha dado el material para escribir el artículo del número 110. Y como nos aseguró desde el atril de la Sala Magna del Paraninfo: «Los premios en vida, se saborean mucho mejor».
