Año de fastos
A pocas semanas de concluir el año, casi hemos olvidado muchos de los fastos gastronómicos y agroalimentarios que vivimos los pasados años. La sensación entre muchos profesionales del sector –tiempo habrá para analizarlo con más detalles– es que la pólvora se gasta en salvas, sin que las inversiones públicas redunden en mejorar el sector, que atraviesa no pocas dificultades.
El viticultores y vinateros, los agricultores y ganaderos en general –y en particular los avicultores–, quienes han optado por exportar se encuentran con aranceles, subida de materias primas, una peligrosa PAC en ciernes que hará que añoremos la anterior, etc. Apenas nadie emprende en un cada vez más lejano mundo rural, desaparecerán explotaciones familiares, dependeremos cada vez más de la emigración para disponer de mano de obra en los campos, la artesanía alimentaria se ahoga entre burocracias y normativas –casi iguales a las de las grandes empresas– y la ciudadanía se queja ante la espectacular subida de los alimentos. Y aquí los fastos no sirven para nada, hacen falta políticas.
Cierran bares y restaurantes familiares, el pequeño comercio especializado sobrevive como puede, las franquicias se apoderan de nuestro ocio gastronómico, las terrazas invaden el espacio urbano y seguimos sin personal dispuesto a trabajar en hostelería. Y aquí los fastos no sirven para nada, hacen falta políticas.
Eficaces y consensuadas políticas municipales, autonómicas y estatales, además de las que dependen de Bruselas. Que no resolverán nada en una legislatura, pero que se deben comenzar a diseñar e implantar si deseamos que nuestros descendientes disfruten de este modelo de vida, el mediterráneo y europeo.
Mientras tanto, seguiremos editando número tras número, como un pequeño aporte para la reflexión, sin olvidar, por supuesto, el necesario disfrute gastronómico. El aparente auge de la casquería nos explica la transversalidad de la agroalimentación y la gastronomía. Allí se entrecruzan el consumo por parte de los inmigrantes, la sostenibilidad al aprovechar todas las partes de los animales, la creatividad de los cocineros más punteros, el valor de la tradición, la necesidad del trato directo en el comercio alimentario y el desinterés de una industria, más preocupada por el rápido beneficio.
