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TINTA DE CALAMAR. Amanece que no es poco

Tinta de calamar Joan Rosell

 

La mañana se presentó oscura. La verdad es que se presentó tan oscura en la visión del satélite Meteosat como en el corazón de nuestro amigo Octavio. Los pedidos no habían llegado correctamente, uno de los fogones no funcionaba como era debido, el Real Zaragoza había vuelto a perder en casa la tarde anterior y para colmo de todas las desgracias, a los invitados al bautizo les daba completamente igual todo este cúmulo de desdichas y zancadillas del querido karma; en caso de que existiese este último.
Octavio, resignado, encendió todos los motores de aquella cocina y comenzó a planificar un servicio condenado al fracaso y en el mejor de los casos al peor de los ostracismos.
Los ayudantes, pinches y camareros fueron llegando poco a poco. Animados. Con ganas de marcha, bautizo rápido y cubatas, que para eso era Domingo. Los Domingos eran maravillosos. Te marchabas a las seis de la tarde y… hasta el martes. Ciao bambino.
Octavio planteó el servicio con claro conformismo pero fue en ese mismo momento cuando los duendecillos de la cocina fueron apareciendo. Aquellas mismas criaturas que hicieron los zapatos del remendón mientras él dormía, ¿los recordáis? También habitan en las cocinas. Adquieren en los momentos más inesperados las formas más insospechadas. Como por ejemplo forma de compañero. De amigo.
Los problemas son en algunas ocasiones como los fantasmas de las películas de los 80. Cuando los afrontas y te contrapones a ellos… se van desvaneciendo en una nebulosa. Los compañeros del chef comenzaban a dar ideas. Ideas cada una más espeluznante que la anterior. Cada una menos útil, más incoherente y más ingenua que su predecesora. En la radio sonaba el I surrender de Rainbow. Los dioses no ayudaban tampoco al parecer.
Eran ya las once de la mañana y el fogón principal comenzó a funcionar. Se había desatascado por fin. «¡Rápido!, la marmita», gritó entusiasmado Octavio. La crema comenzó a bullir en el mismo instante en que un rayo de luz se colaba por los ventanales. Salía el sol. Ya parecía un domingo de verdad.
Mientras el comedor se montaba con arte y celeridad y los ayudantes preparaban el resto de los ingredientes fríos y calientes, una furgoneta de reparto aparcaba en la misma puerta del restaurante y varios viandantes increpaban al chófer la osadía, el atrevimiento y la insolencia de estacionar en aquella zona un domingo por la mañana, pleno día del señor.
El pedido llegaba. El pedido llegaba en domingo. Aquello sí que era un milagro. Ni Lázaro, ni las bodas de Caná, ni resurrección ni leches. Un reparto el domingo. «Dios mío, no volveré a fumar ni a beber, te lo prometo» exclamaba el buen chef a su dios, a la vez que el comentarista de Onda Cero anunciaba a bombo y platillo el fichaje de Leo Messi por el Real Zaragoza. No parecía tan mal día al fin y al cabo…
Los invitados llegaban, los cocineros trabajaban metódicamente, sin fallos, con una completa simetría que aunque al chef le parecía siempre algo tediosa, también era capaz de reconocer su mérito en momentos tan complejos. El personal de sala acomodaba a los invitados.
La comida estaba preparada, a nuestro amigo Octavio le agredió el peor ataque de ansiedad que había tenido en su vida pero no pasó absolutamente nada. Su segundo de cocina le dio una pastillita que terminaba en pan. «Esto es muy bueno, chef» le decía. El maitre le dio un cigarrillo «a tomar por el saco mi promesa» pensaba el chef. El resto de pinches y ayudantes se pusieron las pilas «como cuando está el chef, pero sin estar el chef» se decían entre ellos. Para cuando Octavio ya podía respirar sin parecer que estaba a punto del éxtasis, el servicio estaba casi terminado. Le dio tiempo justo de salir a recoger los loores, vítores y aplausos de los invitados.
Servicio terminado.
Antes de apagar el aparato de radio, se escucho un trocito del programa del gran Eduard Punset, departiendo sobre la importancia de tener un buen equipo. De la amistad. De la confianza.

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