
Una de las situaciones que más me llama la atención en cuanto al cambio de las costumbres vinateras, es la de los vinos que tenemos cada uno en nuestra casa. Cuando yo era crío –llovió ya. Diluvió de hecho–, el noventa por cien de la gente teníamos en casa un vino cosechero, que rellenábamos en la bodega, o alguna botella de Monteviejo, y para ocasiones especiales una botella de Rioja escondida; la cual daba igual que pasaran los años, porque en aquel entonces decían que, cuanto más viejo era el vino, pues más bueno estaba. En fin, sin palabras.
Ahora nada de eso. No, no. Si bebemos vino barato, lo hacemos a escondidas, porque como ahora todo el mundo entiende un montón sobre el tema –eso da para un libro entero–, pues claro, tenemos que hacer todos un poco el paripé.
En aquel entonces entender de vino era decir que el mejor era el Rioja; que cuanto más viejo, más bueno estaba; que todavía no habías probado un vino mejor que el de tu pueblo; y que los catalanes solo saben hacer blancos y los navarros, rosados. Y ya está, ya eras experto. Saber eso te convalidaba dos años de tabernero.
Ahora casi todo el mundo sabe que todo esto son sosadas, pero bien es cierto que como todo quisqui quiere entender de todo, también se escuchan melonadas, también.
Teníamos asimismo unos vinos que, como aún existen, no daré nombres, pero eran considerados de los buenos, y a día de hoy, ese mismo vino –y hay varios– son… normalitos, por decirlo de alguna manera.
Teníamos vinos tintos de doce grados y si alguno tenía trece, era para valientes. Ahora encontrarte un tinto español con menos de catorce grados es realmente extraño.
Ahí no se acaba la cosa. El clarete era lo mismo que el rosado. Bueno, eso no ha cambiado tanto, que todavía hay mucho entendido que sigue con esa monserga.
El tema de la propaganda me resulta curioso de veras. En aquella época veíamos anuncios en radio, televisión, por la calle, de todo tipo de licores, pero de vino, no. Ahora, hasta en la sopa. Existe el caso de un rioja que lleva unos años haciendo una campaña de márquetin tan brutal y arrolladora, que los no muy entendidos están convencidos de que es el mejor vino de España. Por supuesto nada más lejos de la realidad.
Las etiquetas y los nombres también han evolucionado, y mucho. Pocas quedan con aquella sobriedad tan característica, y ahora vienen con dibujos modernos, o con pintarrajos que parece que los haya hecho un niño pequeño, o con nombres directamente soeces.
Hace unos años salió –además es aragonés– un vino malo, pero malo, malo. Y tal y como lo vi en la tienda, supe que iba a reventar las ventas. Por el nombre. Por el nombre y nada más. Un nombre soez, infantil y garrulo que, como no podía ser de otro modo, todo el mundo compró para abrir la botella y echar una risa con los amigos. Esto hace unos años no hubiera pasado. No lo hubiera comprado ni el tato.
Lo mejor de todo es que, tras analizar todos estos datos y muchos más, nos podemos percatar de que el vino, cambiar, bueno, algo. Pero en realidad sigue siendo noventa por cien agua, lo cual quiere decir que los que evolucionamos, en ocasiones a mejor y otras no tanto, somos las personas, la sociedad, los valores.
Requerimos otras necesidades y otros caprichos. Tenemos otra percepción, estamos probablemente incluso sobreinformados de casi todo. Seguimos siendo un país más consumidor de cerveza, aunque poco a poco Dionisio/Baco, va alcanzando al dorado líquido.
La evolución en el sector no va a parar, del mismo modo que tampoco la nuestra como personas.
Tan sólo queda adivinar, ¿a dónde se dirige? ¿Quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos? ¿Estamos solos en la galaxia o acompañados?
