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TINTA DE CALAMAR. Los otros más grandes

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Si definimos gastrónomo como persona entendida en gastronomía, tenemos en Aragón una interminable lista de afamados personajes. Mi dilema es que como todos nos acordamos siempre de los mismos: los geniales hermanos Puyuelo y su inolvidable Matilde; Emilio Lacambra más rojo que un tomate confesando sus pecados; Teodoro Bardají y su obra fundamental para entender la evolución culinaria; Antonio Beltrán,el antropólogo de la cocina; Fernando Abadía, el mayor defensor probablemente de la cocina del alto Aragón; el Señor Porras como le llamábamos siempre cariñosamente a Jesús y la maravilla que hizo en Las Lanzas; José Luis Yzuel, Antonio Arazo, Juan Barbacil… Y muchos más.
Hoy voy a nombrar a los otros grandes. No menos grandes que los anteriores pero diferentes.
Algunos no tan entendidos quizás, otros sí, pero todos ellos me dieron la oportunidad de poder compartir charlas con ellos, horas de trabajo y sobre todo hicieron un gran papel en la gastronomía aragonesa.

Me encanta El otro Emilio. Emilio Gambaro con su emblemático Garito de Emilio y con Julio Hernández a los fogones, ¡vaya cocinerazo! ¡madre mía!, si aquellas paredes hubiesen hablado, menudas historias.
No puedo dejar de nombrar a Ángel Conde, uno de los cocineros más sabios que he conocido. La gastronomía aragonesa tiene a ese Chalet en letras de oro.

Don José Monforte. ¿ Quién no se pasó alguna vez por el mítico Savoy ? O por cualquiera de sus locales, llámese El zoo aragonés, Los Faraones, el Zeus o cualquier otro. Historia mítica de nuestra gastronomía.
Miguel Ángel Aliaga, uno de los cocineros más particulares que he conocido en mi vida –junto a Paco el feo, de Los Borrachos–. El señor Aliaga, el desterrado de uno de los grandes restaurantes de la historia aragonesa –este melón no lo abrimos aquí, que da para un número completo–.

El señor Antonio de Antonio restaurant que, la verdad, no sé cómo lo hizo, pero en los años 90, famoso que pasaba por Zaragoza, allí que se metía a comer. En los doce meses que trabajé a su lado cociné para Emilio Aragón, para Jesús Gil, para Radomir Antic, para Belén Rueda, para Olvido Gara, Fernando Esteso, Víctor Fernández, Víctor Muñoz, madre mía, la lista es inacabable.

Leonor Gascón de Albarracín, señora que hacía en una fonda recetas enseñadas por su abuela, a quien había enseñado a cocinar su abuela. O sea, recetas aragonesas centenarias.

No olvidarse de los actuales como Daniel Yranzo, que lo que está haciendo este chico por nuestra gastronomía tanto en su escuela como en televisión, no tiene nombre. Menudo fenómeno.
Tampoco podré dejar de nombrar a otro de los gastrónomos más entendidos, sabios y locuaces que he conocido jamás ¿un tal Urtasun, lo conocen?

Lugares que me marcaron y creo que a todos los cocineros de mi edad como La Costa Vasca, Gurrea, El Flambé, Mefisto, Los Borrachos, El Patio…

Bueno, paro ya para no aburrir a tan maravillosos lectores. Esta columna me va a hacer soltar alguna lagrimilla.

Estos son solamente algunos a los cuales humildemente considero y sea dicho con todos los respetos los otros grandes gastrónomos.

Y por supuesto querido amigo Capitán Borrajas; esta columna, va por usted. Maestro.

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