«El vino está lleno de historias»

Una serie de magníficas casualidades le llevaron a ponerse al frente de Con mucho gusto, el suplemento de gastronomía y vino de Heraldo de Aragón. Y él, que nunca se planteó hacer periodismo gastronómico, dice estar «muy a gusto» tres años después. Mariano Millán es el anticrítico gastronómico y se aleja de los gastroinfuencers. Pero como buen periodista, sabe encontrar y contar las historias que un plato o una copa esconden.
¿Cuál es su primer recuerdo relacionado con el vino?
Mis abuelos vivían en una torre de Santa Isabel, donde ya lo hicieron mis tatarabuelos, y siempre hubo cultura del vino; se elaboraba y se bebía. Cada familia tenía su viña, sus palos. Yo he acompañado a mi abuelo a hacer vino desde que tenía cinco o seis años hasta los dieciséis o así. Llegaba el jueves o el viernes, mi abuelo llamaba a casa y decía «hay que vendimiar», cuando se hacía en septiembre y octubre. Para mi, era una fiesta; ya me iba a dormir el viernes a la torre porque así ayudaba a mi abuela a preparar los aperos, la tinaja, la prensa, etc. El sábado tocaba madrugar, recuerdo los almuerzos de vendimia, me encantaban. Como era pequeño, estaba debajo de la estrujadora y quitaba las raspas. Recuerdo aquel primer mosto, era vino casero, de casa y para casa. En casa, siempre se ha bebido vino. Incluso ahora que mi abuelo no puede beber porque toma mucha medicación, le damos tinto de verano sin alcohol y,para él sigue tomando vino.
¿Y su primer recuerdo profesional o contacto con el vino?
No recuerdo el primer reportaje relacionado con el vino, sería ya en Con mucho gusto. Aunque hay un recuerdo previo: me presenté como ilustrador al concurso para diseñar la etiqueta del Care Nouveau en 2016.
¿Qué quería ser de mayor?
Periodista. Algunos dicen que «la vocación les llamó»; en mi caso fue literalmente. Cuando tenía ocho años, hubo un asesinato en mi portal y a mi casa llamó José Miguel Marco, ahora mi compañero y jefe de Fotografía de Heraldo de Aragón. Aquella noche, estuvimos asomados a la ventana, con la luz apagada, viendo todo, cómo hacía fotos, cómo trabajaba… 31 de mayo de 2001. Desde esa noche, quise ser periodista.
¿Cómo le explicaría qué es la felicidad a un niño de siete años?
Ea algo que no se busca, que se encuentra. De repente, algo te hace sonreír, sin forzar nada. Quizá me pongo algo metafísico, pero veo algo de indefensión, de desprotección, de no decidir. Simplemente sucede.
¿Qué parte de responsabilidad tiene el vino en su felicidad actual?
Bastante. Ahora el vino es reencuentro. Se van cumpliendo años y se valora más lo que supone quedar y abrir una botella de vino, por ejemplo, con los amigos de la Universidad. Antes nos íbamos de cañas, ahora valoramos cada copa. Es el vino y es la compañía, todo un poco.
Hablar de las emociones del vino ¿es solo imagen?
Sí que hay mucho marketing, pero mira las historias que he contado. El vino está lleno de historias. Hay una parte muy real, aunque es verdad que, a veces, hay tanto marketing que no saben ni de qué te hablan.
Dicen que todos los españoles llevan dentro un presidente del gobierno y un seleccionador de fútbol. ¿También llevamos ahora un (falso) sumiller, alguien que cree saber de vino?
Sí, pero, muchas veces, ese falso sumiller no sabe ni abrir una botella en condiciones. Es una de las cosas que han jugado en contra del mundo del vino muchos años. Cuántas veces hemos oído, «yo no pido vino que no entiendo». De cerveza tampoco entendíamos y hemos pedido siempre.
¿Se sigue disfrutando del vino cuando se trabaja con él?
Sí, pero con otros ojos. Es como cuando la familia o los amigos te dicen ¿te vas a otra cata? Sí, pero es trabajo. Me río mucho con mis compañeros de trabajo en ese aspecto. ¿Lo disfruto? Sí se sigue disfrutando cuando se acaba lo importante. No vamos a negar que son coberturas periodísticas amables, pero son trabajo.
¿Qué le quita el sueño? ¿Qué tal duerme?
Duermo poco, pero duermo muy bien, como un tronco que deja la riada. Lo único que me lo quita es que los míos estén bien.
¿A quién invitaría a un vino? Personaje histórico, público o alguien de su entorno.
Con aquellos periodistas de provincias de bigotillo fino del siglo XIX, en blanco y negro, para que me contaran cómo era la profesión en aquella época, cómo era su día a día.
¿Y quién cree que no se merece ni olerlo?
¡Qué difícil! Para mí, el vino no es solo una bebida, es patrimonio, arte, ciencia, cultura. Es tantas cosas que todos deberíamos poder tomarlo, olerlo, emocionarnos con él. Siempre con moderación, se sobreentiende.
¿A quién le debe un vino? (Cita pendiente)
A mis amigos del colegio, que ahora nos vemos de ciento a viento. Si, a mis amigos de Escolapios; nos debemos unos cuantos vinos, pero ahora sin Coca-Cola.
¿Qué ha hecho últimamente para hacer feliz a alguien?
Hace poco le mandé a una persona un audio de WhatsApp contando mi historia y acababa riéndome y, a partir de ahí, nos intercambiamos varios audios de risas que nos hicieron muy felices de la manera más sencilla.
¿Cómo se ve en diez años?
Con más entradas y más gordo, si sigo trabajando en el periodismo gastronómico. Que me encantaría, pero en esta profesión nunca se sabe.
Tiene que mandar un mensaje de texto por una conversación inacabada. No hace falta que diga a quién se lo enviaría, pero sí que pondría.
«¿Puedes hablar ahora?» Soy más de llamar y hablar. Mis amigos dicen que para sus cumpleaños solo les llamamos sus tías y yo.





