Visita a la bodega en El Puerto de Santa María

Un rincón de la bodega, cuyo origen se remonta al año 1772, cuando la fundó Mr. Thomas Osborne. Foto: Francisco Orós.
A finales del siglo XVIII, Mr. Thomas Osborne, natural de Exeter, Inglaterra, decidió probar suerte en el floreciente comercio de los vinos de Jerez, tan de moda en su tierra natal en aquella época. Comenzó comprando vino a los productores locales y exportándolo, hasta que comprendió que podía incrementar sus beneficios si era él mismo quien lo elaboraba. Se instaló en la localidad gaditana de El Puerto de Santa María y así nacieron Bodegas Osborne, allá por el año 1772.
En la actualidad Osborne es más que una bodega. Se trata en realidad de un grupo empresarial con capital íntegramente español, que diversifica su expansión en el sector de la alimentación principalmente y exporta a más de cincuenta países. Comercializa, por supuesto, vinos de diversas denominaciones de origen –Rueda, Rioja, Ribera del Duero, Jerez, Oporto– vinos sin denominación de origen –Tierra de Castilla, Tierra de Cádiz–, pero también embutidos ibéricos, bebidas alcohólicas, refrescos, bebidas energéticas y aguas minerales. Dispone asimismo de un total de 17 restaurantes exclusivos Osborne en Madrid, Barcelona, Sevilla y Lisboa. Cuenta también con ocho tiendas Toro, algunas de ellas en el corazón de sus bodegas, donde es posible adquirir casi de todo. Camisas, polos, sudaderas, carteras, llaveros, bisutería y hasta cascos de moto, evidentemente siempre relacionado con su imagen corporativa: el Toro de Osborne.

El omnipresente toro de Osborne, creado en 1956 para promocionar su brandy Veterano. Foto: Francisco Orós.
El toro de Osborne
El toro de Osborne nació en el año 1956 como imagen publicitaria del brandy Veterano. Su diseñador fue Manolo Prieto y supuso una de las campañas más exitosas en la historia del marketing español. Casi de la noche a la mañana las lomas y colinas más cercanas a las principales carreteras del país se vieron invadidas por las siluetas negras de los toros de Osborne, las cuales pasaron a formar parte integrada del paisaje. Tan importante fue la raigambre de los toros de Osborne con los pueblos y sus gentes, que cuando en el año 1988 se aprobó una ley para hacer desaparecer de las carreteras cualquier publicidad relativa a bebidas alcohólicas, se puso en marcha una iniciativa popular solicitando el indulto del toro de Osborne, lo cual se logró definitivamente en el año 1997 tras llegar nada menos que hasta el Tribunal Supremo. A día de hoy existen un total de noventa toros de Osborne repartidos por toda España. A su inmortalidad también contribuyó el director de cine Bigas Luna, en cuyo largometraje Jamón, jamón el toro de Osborne adquiere tanto o más protagonismo que la pareja Javier Bardem y Penélope Cruz. Hoy en día el toro de Osborne es un símbolo de identidad nacional. De hecho, no es infrecuente observar en algunas retransmisiones deportivas a aficionados que portan banderas de España no con el escudo constitucional, sino con el toro negro, orgulloso y desafiante, emblema del carácter y de la fortaleza del pueblo español, valiente pero terco, noble pero irresponsable.

Otro rincón de la bodega. Foto: Francisco Orós.
Visita y degustación
Pero volvamos a la visita de Bodegas Osborne en El Puerto de Santa María. Tramitamos ágilmente la reserva vía online y acudimos a la hora convenida a la puerta de la bodega. Hicimos un poco de tiempo viendo la tienda y sacando fotos hasta que la guía nos invitó a pasar a ver un audiovisual de unos minutos de duración tras el cual nos acompañó a visitar la bodega en sí. Nos explicaron detalladamente la elaboración de los vinos de Jerez, algo verdaderamente complejo de comprender si no se tiene cierto conocimiento previo.
Para concluir la visita, nos condujeron a una bonita sala de degustación donde pudimos disfrutar de los vinos de Osborne. En realidad, no fue una cata guiada, ni siquiera puede decirse que se tratara de una cata, pues la guía nos hizo una serie de indicaciones acerca de los cuatro vinos que íbamos a probar y desapareció. En torno a aquella mesa entablamos conversación con un matrimonio de Madrid, una pareja de León, dos amigas de Barcelona y un grupo de cuatro cubanos residentes en Tenerife. A la segunda copa de fino desaparecieron los límites regionales y tanto hubiera dado si nuestro vecino de mesa hablara exclusivamente sueco o búlgaro, pues a esas alturas la conversación era ya de sobra fluida.
Empezamos probando el Fino Quinta Osborne, elaborado íntegramente con uva palomino en crianza biológica. Es un vino extraseco que debe servirse bien frío, muy fresco en nariz, con una pujante acidez muy viva en boca, para maridarlo con embutidos, quesos, salazones y encurtidos. El segundo vino a disfrutar fue el Bailén Osborne, 100 % palomino en crianza oxidativa, un oloroso seco que por su contenido alcohólico resulta menos seco que el anterior. La guía que nos acompañó en la visita reconoció que este vino era el primero que solía tomarse en los días de feria para recuperarse de los excesos cometidos el día anterior, ya que permitía recuperar rápidamente los niveles de alcohol para superar la resaca. Como se suele decir, «un clavo saca a otro clavo».

Algunos de los vinos andaluces que comercializa la bodega.Foto: Francisco Orós.
Continuamos con el tercero de los vinos. En este punto ya habíamos encontrado unos animados temas de conversación con el grupo de cubanos, mientras tratábamos de arreglar la economía y la política del país con la inestimable colaboración del matrimonio de Madrid, al mismo tiempo las chicas de Barcelona y la pareja de León –a tenor de su alegría y alboroto– parecían haber hallado la solución al cambio climático, el agujero de la capa de ozono y la prevención frente a huracanes y terremotos, por lo menos. Seguro que, si llevamos unas cuantas cajas de vino a la Asamblea General de las Naciones Unidas, en diez minutos se resolvían los problemas del mundo.
Decíamos que el tercero de los vinos –nuestro preferido– fue el Santa María Cream, 80 % palomino y
20 % pedro ximénez, delicioso tanto con dulces como con comida salada. Particularmente nos enamoró en su maridaje con un paté ibérico, y en cualquier caso será un escándalo delicioso combinarlo, por ejemplo, con una trenza de hojaldre.
El cuarto –y último, gracias a Dios, no sé si hubiéramos resistido alguno más– de los vinos fue un Pedro Ximenez, extradulce, muy aromático, con recuerdos de compota de higos y miel de palma, peligroso zumo de pasas, ideal para acompañar postres de todo tipo. Muy versátil en cocina, como base para realizar salsas para carnes rojas o caza, aunque este último uso no agrada especialmente a los amantes del vino de Jerez, pues consideran que un vino se debe disfrutar en estado puro y en una copa.
Casi con lágrimas en los ojos nos despedimos de nuestros compañeros de mesa de degustación y nos dimos una vuelta por la tienda, donde evidentemente no pudimos resistir la tentación. Al margen de otros artículos, insistieron en venirse con nosotros varias botellas de vino entre las que, como no podía ser de otra manera, estaba un Santa María Cream, que espera fielmente en el frigorífico nuestra reverenciadora visita casi diaria para hacerle los honores, igual que el torero espera al toro, para honrarse mutua y recíprocamente.
Vinos y toros. Por supuesto, de Osborne.




