En una semilla hay algo profundamente rebelde. Es tan aparentemente insignificante y pequeña, pero es capaz de contener un bosque entero, una cosecha, mil memorias. En unos tiempos en los que estamos como bien nos dice el maestro Serrat, obsesionados con la inmediatez de las cosas, con unos problemas que han de resolverse en minutos, un asado que tiene que llegar a la mesa en un segundo, las semillas nos enseñan que la auténtica gastronomía comienza mucho antes de encender el fuego.

Comienza en silencio, comienza bajo la tierra y sobre todo en un tiempo absurdo que no entiende de tiempos. Paradoja.

Probablemente será la razón por la que estas pequeñas amigas han regresado a la cocina como un redescubrimiento; en algunos casos como una moda, cómo no.

Cuando nuestros ancestros hablaban de semillas hablaban de supervivencia. Centeno, cebada, trigo, etc., la base de aquella dieta e incluso de aquella economía; al menos eso nos enseñaban en EGB.

Hoy pronunciamos palabras como quinoa, chía, lino –lino, que a mí siempre me recuerda a ropa de verano o fiesta ibicenca–, como si innováramos con una sofisticación grandilocuente.

Nos gustan. Tienen fibra, omega 3, alguna proteína, nos hacen sentir como que estamos haciendo algo bien, opino.

Pero la cosa es que más allá de todo eso, en una galaxia muy muy lejana, existe una dimensión sensorial para la cocina.

Una semilla cruje y ese crujido en un plato es música. Crunchy le llaman ahora. En fin.

Qué maravilla de contrastes los de unas semillas tostadas de sésamo sobre un pescado fino, unas pipas de calabaza caramelizadas sobre una crema de la misma –mira por dónde, este plato lo tengo en carta–. Unas semillas te añaden matices o como a mí me gusta llamarlo, ritmo.

En la cocina de montaña, y sé lo que les digo, las semillas a día de hoy parecen un invitado inesperado, pero les aseguro que encajan con sencillez. A un estofado de ciervo. Oscuro. De esos que pasan horas susurrando e intercambiando secretos con el fuego, añadirle un toque de semillas tostadas es una sensación como la de abrir las ventanas de la casa por la mañana. Ese plato, respira. Una vez más lo digo, con ritmo.

A una vigorosa ensalada de garbanzos le añadimos unas semillas de mostaza o unas pipas de girasol y se convierte en gloriosa.

Aunque en este presente de cocinas televisivas, mentiras emergentes e inventos varios hay quien las haya idealizado en exceso, ya que las simientes no son una solución mágica a nada ni un pasaporte especial e infalible hacia una alimentación perfecta. Son una poderosa herramienta, pero siempre dependiendo del contexto y sobre todo de la mano de quien las utiliza.

Cada cual tendrá su idealización sobre estas pepitas, un humilde servidor, amante de la historia, la antropología y el buen yantar se queda con esto:

Estas pequeñas amigas nos cuentan historias, y eso me encanta.

El sésamo nos transporta a rutas comerciales milenarias; la mostaza a mercados llenos de color, aromas y gritos; la quinoa a ancestrales culturas de los Andes y espacios donde era sagrada; y las pipas de girasol, a mí personalmente, al patio de mi casa hace cuarenta años, donde las comíamos en el portal mi vecino López y quién les habla, siempre preparados para recibir las regañinas de los vecinos por dejarlo todo perdido.

Ahora, cuando nos vemos, hemos cambiado las pipas por un par de copas de vino, qué cosas.

Voy a comprar un paquete de pipas para cuando nos veamos.

«Y el toro dijo al morir. Siento dejar este mundo, sin probar…»