Rallador

Jueves, 2. Día vigésimo

Me dormí pensando en el cuervo, perdón el gato. Decido una clase práctica de perspectiva para mi madre. La coloco delante de la parte triangular de mi rallador y le pregunto, ¿qué ves? Un rallador, hijo. ¿Tan pronto quieres ponerte a cocinar? Si no hemos desayunado.

Ya sé que es un rallador. Pregunto qué forma tiene. Un triángulo. Muy bien. Damos la vuelta a la mesa y ahora, qué ves. El mismo rallador. Por supuesto, mamá. ¿Y qué forma? Es como un rectángulo, con agujeritos, añade. Perfecto. Pero sigue siendo el mismo rallador, ¿no? Pues claro, hijo, vaya tontería.

Pues eso es lo que te pasa con la chimenea, que según de dónde la mires se ve una forma u otra, triángulo o cuadrado. No es un cuervo. Ya, admite pensativa. Y mientras aprovecha para servirse el café de su cafetera italiana –yo sigo fiel a mi nespresso−, remata. Pero los cuervos se mueven, y los ralladores, no. Me doy por derrotado, tenemos cuervo para rato.

Quedamos para hacer esas albóndigas con salsa de almendras al final de la mañana. Si tuviéramos mortero podrías machacar las almendras, pero… improvisaremos, aseguro. Y tanto. Tras pelarlas, uso la minipimer, pero ciertamente no logro ese polvo que busca mi madre, quedan trozos. Extiendo las almendras sobre la mesa, bien ordenadas en el centro, y les paso una botella por encima, a modo de rodillo. Algo mejora, salvo el suelo, cubierto de polvo de almendras. Barro. ¿Sirve mamá? Improvisaremos, responde, no si recoña.

En este momento está escurriendo los restos de una barra de pan que ha sumergido en leche. ¿Para qué?

La añade a un bol grande donde espera la carne picada. ¡Será tramposa! Pues no pretende pasar pan por carne. Se lo digo. Es para que queden más suaves y jugosas hijos, aunque también es verdad que alargan la carne… Casca un par de huevos y los agrega también, además de sal. Nada de pimienta, le pica. Mete las manos y mezcla bien todo, ordena. ¿Así, sin guantes? ¿No sería mejor usar la batidora? Le estoy cogiendo gusto a esto del tercer brazo.

Pues no, no quedan igual, destroza la carne. Me lavo las manos, resignado a pringarme. Y vaya si lo consigo. Los restos de esa masa, bastante asquerosa, se pegan a los dedos y al tratar de lavarme voy dejando restos en el grifo, su palanca, el paño de cocina…

Cuando aprueba la mezcla, me limpio a fondo, aliviado al ver que mis dedos ya no se pegan. Ahora toca dar forma las albóndigas y ya sabes que yo no puedo. No te apures, mamá, digo mientras saco la cuchara de los helados, con esto quedarán perfectas, como bolas de helado. Lo dudo, dice, pero se sienta a divertirse.

Lo logra. Con esa cuchara es imposible. La masa se pega, se atasca la palanca y salen una especie de zurullos redondos. Vuelvo a pringar manos, cuchara, grifos, paño…

Pon harina en un plato. Lo hago. Pasátela también por las manos. Lo hago, parezco el Cantor de jazz –para incultos, la primera película comercial con sonido sincronizado, protagonizada por Al Jolson, un blanco que hacía de negro−. Coge un poco de masa; ¿Así? Así y haz una bola, para luego pasarla sobre la harina.

No queda mal. Pero queda mucha, muchísima masa –mierda de posguerra y hambruna, que se les ha quedado en el colodrillo−. Cuando llevo como veinte bolitas, harto y cansado, decido aliviar la presión con una Bachiella IPA, artesana de Salas Bajas, de la que tengo una buena provisión gracias a posicionarlo en las redes. A pesar del rastro que ha quedado en la puerta de la nevera, y también en el interior, ha sido una buena idea.

¿Dónde cocinaremos estás cincuenta o más –he perdido la cuenta− albóndigas? En la cazuela multiusos de veinte litros, claro. Las fríe ella –no se fía de mi−, en varias tandas y yo me encargo de depositarles en la olla, pues ella apenas llega. Allí reposaba a fuego muy bajo un sofrito de ajo y cebolla, los restos de las almendras. Cuando las albóndigas se ha ordenado en dos niveles, añado –siempre según sus órdenes− vino blanco y agua. La tapa y me echa, mientras prepara una sopa de primero, con diferentes sobras. Vaya manía de los dos platos y el postre.

Ricas y ciertamente suaves. Vaya truco el del pan, ni cuchillo hace falta. Separo una y la fotografío. ¡Ay mis redes! Las añoro tanto… pero colgar estas cosas… Me acuerdo de la canción ¿Y si se la paso a algún músico? Igual se aburren y al menos es una excusa para bucear por internet. La tarde se me pasa en un santiamén, hasta que los aplausos me devuelven a la cruda realidad.

Con el jamón bien alisado –y trozos irregulares de jamón escondidos en la nevera− me luzco como cortador ante mi madre, que no ha podido evitar hacer una tortilla de patatas digna de la Liga de la tortilla, y capaz para satisfacer la gana de todos, absolutamente todos los jurados, más de ochenta, un centenar recordar. No sé si he escrito que para mi madre cenar es sinónimo de tortilla de patatas. Cena frugal, solo tortilla; cena copiosa, más tortilla y quizá alguna compañía.

Ningún músico ha respondido. Me consuelo viendo a la turca.