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El BIMESTRE (noviembre-diciembre) hibernado de EL TAPAO

El Tapao

La tapa entró en el palacio de la Aljafería, y era viernes, día no muy idóneo según alguno de los hosteleros invitado a preparar y elaborar sus tapas en la sede de las Cortes de Aragón, inspiradas en la figura de Francisco de Goya. Y casi llueve mucho, ¿había plan B? No lo aparentaba. Hubo quien lo consideró un hito, hitito en todo caso, dado el reducido aforo previsto para el evento, menos de 200 personas. Tampoco era la primera vez que el palacio acogía un evento gastronómico. A principios de los 90, el llorado periodista gastronómico Luis Bettonica organizó allí una singular fiesta de El Piripipao, la revista que dirigía. Reunió a una veintena de los mejores restaurantes zaragozanos, que ofrecieron magníficas elaboraciones con productos aragoneses, rindiendo homenaje además al casi olvidado Modesto Dobón, que fuera maestro de cocinero en el Corona. Por cierto, Marteles disculpó su ausencia a este taperío.

 

La Ruta del cocido trajo a Zaragoza con motivo de su presentación al conspicuo especialista gastronómico Rafael Ansón, que viaja con su propio chófer. El veterano presidente de numerosas academias no desperdició la ocasión de pedirse un dry martini, tras el descubrimiento de una botella de ginebra Vínica que distribuye Carlos Valero, organizador del evento. Y, como debe ser –clase que tiene– se lo tomó de aperitivo, con una croqueta y una salmuera, que se le antojó muy potente; fue convenientemente informado de que a los aragoneses nos gusta así, con rasmia. Lo preparó diligentemente el sumiller Manu Giménez, que tan pronto cata un vino, como elabora un cóctel.

Durante la comida Ansón contó diferentes e impublicables chascarrillos acerca de los cuatro Reyes –el emérito y su todavía esposa– y los actuales, del dictador –al que no le gustaba comer, tan solo ranchos cuarteleros– con una voz apenas audible por los compañeros de mesa.

Sin embargo, cuando se levantó para ofrecer unas palabras sobre el cocido y la necesidad de solventar la alimentación en los niños del mundo, su voz sonó clara y fuerte, como pudo comprobar Marteles, que estaba allí. Poderío y experiencia pasados los noventa años, a pesar de los cuales no dejó a ninguna de las señoras allí presentes sin su beso de cortesía, amén de la fotografía de recuerdo.

 

Parece que los navarros han elegido Zaragoza para promocionar sus productos. Será por cercanía, necesidad de invertir recursos ante el cierre contable del año o vaya usted a saber. Pero en pocas semanas se presentó –Marteles también estaba allí– una ChistorRuta, por la que su chistorra –es una IGP– se convertía en la base de unas tapas que se podían disfrutar por diferentes bares de la ciudad. Poco después se celebró una cata de Pacharán de Navarra, también IGP, con firma de convenio con los maîtres y los sumilleres. Y también una presentación del Queso del Roncal –este es DOP– donde el editor de este bimestral dirigió una cata. Eso sí –¡cabecica!–pensaba que simplemente iba a degustarlo y no a trabajar con su florido verso; le explican al tapao que salió ileso del evento. Y con una cuña de queso en la mochila.

 

Donde sí estuvo José María Marteles, en su condición de presidente de Cafés y Bares –por cierto, parece que repetirá en el cargo– fue en la presentación del Concurso de tapas de Zaragoza y Provincia, que ha cumplido edición redonda, la trigésima –la treinta y no la treintava–, que no es aniversario exacto, ya que un año no se celebró al coincidir con una cita electoral, lo que imposibilitaba las ayudas institucionales. Esperemos que no pase lo mismo en los próximos meses. El caso es que Marteles dirige estos saraos con mano de hierro: en la presentación dice lo justo y necesario, con lo que los políticos presentes o sus delegados se ven abocados a suscribir sus palabras o lanzarse a divagar. Esclarecedor y rápido, que esperaban las tapas, alguna con ese funesto aroma químico que muchos ya asocian, equivocadamente, con el de trufa.

 

Tras varios años de ausencia, este bimestral ha retomado la Liga de la Tortilla, ya en su séptima edición en la que este tapao participa como árbitro. Como es habitual, algunos de los más afamados –entre ellos uno que la ganó, ahora llamado Coscos– no quieren meterse en circos y, quizá, reducir un prestigio que no dudamos sea merecido. Pero aquí se la juegan ante más de setenta jurados, expertos tortillistas, que no se casan con nadie. NI siquiera con quienes quieren sobornarlos para pasar de ronda, que de todo ha habido.

Según nos han comentado desde las más altas instancias del VAR/BAR –obvio juego de palabras– se ha impuesto la deportividad, aunque algunos equipos no tienen un buen perder. Hemos comprobado que hay más ego en el mundo de las tortillas de patatas que en el del cine o la literatura, que no es poco.

 

Alguno de los muchos enólogos convocados por Isidro Moneva para su cata 100 % garnacha, un viaje por el mundo, todo un éxito de asistencia, sufriría una conmoción en su narices al comprobar cómo alguna de las tapas del cóctel posterior apestaba a barato aroma de trufa artificial.

Peor lo tuvo una periodista que sufrió la aparatosa y bárbara caída de la mesa que soportaba las copas, llenas todas ellas; acabó cubierta de vino. Menos mal que se lo tomó con humor, «es como si me hubiera llegado una regla bestial». Tuvo que ir a casa a cambiarse.

 

Esa manía de las bodegas de presumir de sus medallas y premios, que ciertamente va a menos, obviando los de la competencia, que quizá sean más, parece que es está extendiendo a la hostelería, cada vez más premiadora. Una agencia local envió una nota de prensa comentando que dos establecimientos zaragozanos habían quedado finalistas en un certamen muy sabio. Pero se ¿olvidó? de un tercero, tan del Ebro como sus clientes.

 

Era un rumor que corría por todos los mentideros gastronómicos y ya ha saltado a los medios, concretamente a Aragón Hoy, donde Álvaro Sierra firma el artículo Ramsés González deja Cancook y plantea abrir otro proyecto de estrella Michelin en solitario. Artículo que parece dictado por el propio cocinero, pues según ha tenido conocimiento este tapao –a través de fuentes relacionadas con los actuales propietarios del restaurante, un potente grupo surgido en el área metropolitana de Zaragoza– más que «dejar» ha sido «dejado». Se especula con impagos de alquileres, a proveedores, y a trabajadores por importe de varios centenares de miles de euros. Sin embargo, en el reportaje, se afirma que «el próximo proyecto del chef –en solitario, libre y con una identidad culinaria sin condicionantes– convertirá 2026 en uno de los años gastronómicos más intensos de la historia reciente de la ciudad. Cancook cambia. Ramsés continúa». Veremos, porque las demandas judiciales están al acecho.

La noticia saltó precisamente la noche en la que se entregaban las estrellas Michelin, justo cuando estas dos páginas entraban en máquinas, que tuvieron que pararse como atención a los lectores. Este jubilado tapao asumió el gasto.

El caso es que como se esperaba, Cancook ha perdido su estrella –la Michelin, no la Polar, ya que hace tiempo que perdió del norte–, algo lógico tras enfrentarse con sus inspectores que le reclamaban un cambio de menú que nunca llegaba.

 

Afortunadamente, Aragón sigue disponiendo de su estrellado equipo de fútbol –obviamente, no el Real Zaragoza–, con once restaurantes galardonados y otro a modo de reserva.

El restaurante Casa Rubén, en Tella, sustituye al zaragozano. Completan el listado La Prensa y Gente Rara y La Prensa, en Zaragoza; La Hospedería El Batán, en Tramacastilla de Albarracín, Teruel; Lillas Pastia y Tatau en Huesca; Callizo, en Aínsa; Canfranc Express, en Canfranc; Ansils, en Anciles, Casa Arcas, en Villanova; y La Era de los Nogales, en Sardas. Además, La Torre del Visco, en Fuentespalda, la ostenta en la categoría Verde.

 

Si sigue en cartel no se pierdan La cena, una divertida y agridulce comedia ambientada dos semanas después de acabada la guerra civil, basada en la obra de José Luis Alonso de Santos y dirigida por Manuel Gómez Pereira. Franco pide que le organicen una cena de gala en el hotel Palace, a la sazón un hospital de campaña. Asumido lo inverosímil del punto de partida –insisto, al dictador no le interesaba la comida y tampoco salía los jueves por Madrid en busca de un cocido–, la obra está muy bien ambientada y refleja lo que podía ser un servicio en dicha época. Salvo un detalle chocante, el emplatado, que no comienza a generalizarse –guiño– hasta bien entrados los años sesenta. Exigencias del guión y la cámara, pues los platos servidos sí corresponden a los años cuarenta. ¡Véanla!, aunque sea en pequeña pantalla.

 

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