
A veces me da la sensación de que, pese a mis cuarenta y todos, cada vez me cuesta más adaptarme a las nuevas tendencias y, sobre todo, a las relacionadas con el consumo de alimentos; supongo que será porque lo hago de manera más cotidiana. Todavía no he sucumbido al delivery o servicio de comida a domicilio, debo ser un rara avis, ya que cada vez se ven más riders repartiendo con sus mochilas –verdes, amarillas o naranjas mayoritariamente–.
No concibo el comer comida no cocinada por mí sin ir físicamente a un bar, restaurante o similar. ¿Qué mejor excusa para quedar con amigos que alternando por ahí? Igual que no es lo mismo beberse un vino en copa que en vaso de plástico, lo mismo me ocurre con la comida. Se disfruta más si está servida en el momento de ser consumida, en vajilla, sin plásticos, bien presentada y en un espacio adecuado para comerla y comentarla en buena compañía. A mí me gusta, antes de pedir, alcahuetear lo que han pedido las mesas vecinas, para hacerme una idea de los platos o raciones de la carta. Eso no puedo hacerlo a través de una pantalla.
Seguro que hay momentos para todo y entiendo que, en estos tiempos que la comodidad prima en muchas de nuestras decisiones, tengan cada vez más adeptos. Pero ya que no es algo frecuente el comer fuera de casa, hay que aprovechar cuando se da la ocasión para disfrutar de todas sus ventajas. No sé si como resultado del individualismo, al que nos vemos abocados cada vez más, algo tan social como compartir la comida, se está sustituyendo por recibirla a domicilio y consumirla en soledad. Aislándonos todavía más. Además, al menos las ofertas que veo o que me llegan a través del móvil, son de comida poco sana y con pocas opciones de variar.
Si no hay necesidad de comer en un bar o restaurante, este dejará de serlo como tal y pasarán a ser cocinas industriales, en naves o locales opacos, las que nos den este servicio. Este cambio, de bares o restaurantes a cocinas industriales, conlleva también la perdida de la variedad en la oferta culinaria de estos, ya que se ciñen a unos pocos platos, porque que es más fácil logísticamente gestionar la compra de unos pocos ingredientes. Y esto al final perjudica también a los comercios locales, que tienen como clientes al sector hostelero y ven mermadas sus ventas. Y no sólo por esa transformación industrializada de las cocinas, sino también porque alguno de los usuarios del delivery o servicio de comida a domicilio lo utilizan como sustituto de la nevera, la despensa o la cocina de casa, delegando las decisiones de qué comprar y donde comprarlo en manos de estas empresas.

Otra de las cosas que me echan para atrás de la comida a domicilio y también del take away es la gran cantidad de envases, sobres de salsas, plásticos y bolsas, por muy de papel que sean, que se desperdician con cada envío o pedido. Todo este packaging de un solo uso, tiene un impacto ambiental negativo al incrementarse la huella de carbono, generando una gran cantidad de basura take away, que en lugar de reducirse se incrementa anualmente.
Ya veis, parezco un abuelo cebolleta contra las nuevas modernidades, incluida también la de coger un café para llevar: mejor en taza y apoyado en la barra, ¡dónde va a parar! Si tuviera que poner en una balanza las ventajas: la comodidad –no se me ocurren otras–, frente a sus múltiples desventajas: su impacto ambiental, la poca variedad ofertada, la deslocalización de las cocinas y de sus proveedores, su industrialización y el aislamiento social de sus comensales; está claro que no me compensa adoptar dicha modernidad. ¡Y eso que no he entrado a valorar la precariedad laboral de los riders!
comida a doAsí que, mientras pueda, seguiré con la buena costumbre de salir a buscar la comida, no que venga ella a buscarme a mí, dejándome recomendar y cuidar por los hosteleros de barrio, viendo lo que voy a comer antes de pedirlo, en compañía aunque sea desconocida, sin tirar más recipientes que comida servida y sin tener que recurrir a franquicias poco saludables, que ofertan platos poco variados. Disfruten de la buena comida in situ, que ya se sabe, a barriga llena, corazón contento.






