Historia, paisajes y estancia en La Casa de Adobe

Antiguamente conocida como casa de la Tía Timotea, ahora es el moderno y agradable hotel rural La Casa de Adobe. Foto: Francisco Orós.

 

Tan cercana como lejana, la provincia de Soria tiene todo el encanto de las tierras del interior. A diferencia de las comarcas montañosas y boscosas del norte soriano donde la industria de la madera supone el motor económico, la mitad sur tiene una orografía más llana y una vocación significativamente agroganadera. Podría decirse que la frontera entre ambos territorios es el propio río Duero, que vertebra la provincia de este a oeste desde su mismo nacimiento en los picos de Urbión hasta que se adentra en tierras burgalesas.

El paisaje del sur soriano es Castilla en estado puro. Eternas extensiones de cereal y girasol decoradas por las pinceladas verdosas de los cauces fluviales y los pinares que hacen equilibrio en algunas laderas, vigilados desde lo alto de algún promontorio por las ruinas de castillos cristianos y alcazabas musulmanas, como la impresionante fortaleza califal de Gormaz, visible desde varios kilómetros de distancia. Construida aprovechando toda la superficie horizontal de un altozano cerca del Duero, sorprende por sus grandes dimensiones y por las magníficas vistas que desde allí se tienen de toda la comarca. No debemos olvidar que durante mucho tiempo el río Duero marcó el límite que separaba el territorio musulmán del cristiano y fue por tanto objeto de disputa entre ambos bandos.

La villa medieval de Calatañazor. Foto: Francisco Orós.

La Fuentona, una laguna natural, que es en realidad el nacimiento del río Abión. Foto: Francisco Orós.

Parque Natural del Cañón del Río Lobos. Foto: Francisco Orós.

 

Historia y naturaleza

En ese mismo contexto histórico de la Reconquista, resulta imprescindible la visita a la localidad de Calatañazor, pequeña villa medieval de casas de adobe y soportales de madera, en cuyas proximidades tuvo lugar la batalla que puso fin a la hegemonía militar del caudillo musulmán Almanzor, como bien lo rememora un busto en una replaceta de su empedrada calle Real. No queda claro si dicha batalla se produjo realmente o si más bien fue invención de algún cronista cristiano y que con el paso de los siglos tomó forma de leyenda para después convertirse en realidad.

En cualquier caso, las piedras de las murallas de Calatañazor no parecen tener prisa, de manera que el conjunto monumental erigido sobre los cortados del cauce del río Milanos, bien merece un paseo sosegado. El visitante puede reponer fuerzas en varios restaurantes de cocina tradicional soriana donde se puede considerar ofensivo no tomar unos torreznos y una copa de vino, por supuesto Ribera del Duero, porque no sólo de uva vallisoletana y burgalesa se nutre dicha denominación de origen.

Dejando a un lado la historia, los atractivos del medio natural son por sí mismos, motivo suficiente para justificar una escapada a este rincón de la provincia de Soria. Muy cerca de Calatañazor, en la localidad de Muriel de la Fuente, se puede visitar el paraje conocido como La Fuentona, una laguna natural con forma de embudo kárstico que es en realidad el nacimiento del río Abión. Las profundidades de La Fuentona han sido en parte exploradas por los especialistas de espeleobuceo del programa televisivo Al filo de lo imposible, aunque a día de hoy sigue sin saberse con certeza la longitud de las galerías inundadas que forman este fascinante fenómeno geológico. Este mágico paraje también sirvió de inspiración al poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer para escribir la leyenda Los Ojos Verdes en la que un espíritu femenino malévolo de ojos color esmeralda enamoraba perdidamente a un caballero
Por méritos propios, el principal reclamo turístico es el parque natural del Cañón del Río Lobos, un bello y encajonado valle calizo que a lo largo de 25 kilómetros se extiende entre las provincias de Soria y Burgos. Visualmente precioso como consecuencia del doble efecto erosivo del agua y del viento, sus paredes, riachuelos, cuevas y simas son ricos en flora y fauna autóctona. Dispone de varios accesos con aparcamientos bien señalizados. Es posible realizar numerosas rutas a pie, siendo la más habitualmente transitada la que por el fondo del cañón lleva hasta la ermita de San Bartolomé y desde allí hasta el puente de los Siete Ojos. Dar un paseo por este parque natural es un completo deleite para los sentidos. Escuchar y observar a la naturaleza sin prisa alguna es la mejor manera de conseguir conectar con ella, y si se tiene paciencia, es sólo cuestión de tiempo que el medio natural termine por comunicarse con el visitante.

Uno de los salones del hotel. Foto: Francisco Orós.

 

La casa de adobe

Al sur del Cañón del Río Lobos está la villa de Ucero y muy cerca de allí, nuestro destino final en Valdemaluque, una apacible localidad soriana prácticamente equidistante entre la ciudad episcopal de El Burgo de Osma y el Cañón del Río Lobos.

Su urbanismo sigue la vega del río Ucero y sus edificaciones recuerdan a las antiguas casas pinariegas. Este tipo de construcciones representan la arquitectura rústica popular del oeste soriano, paredes con un entramado de madera sobre una base de piedra donde se asientan los muros de adobe y tapial. Tradicionalmente la casa pinariega se conformaba en una única planta destinada a vivienda y cuadra, con un granero en el piso superior. Todavía es posible ver en Valdemaluque algunas de esas antiguas casas –la mayoría destinadas a uso agrícola y de almacenaje– muchas de ellas en un lamentable estado de abandono.

Sin embargo, a cualquier visitante le llamará la atención una casa pinariega de gran tamaño que parece haber sido construida recientemente, aunque respetando escrupulosamente la estética más tradicional. Esta casa, antiguamente conocida como casa de la Tía Timotea, es en la actualidad el moderno y agradable hotel rural La Casa de Adobe.

Enca y Steve son los propietarios de dicho hotel y aunque no sabemos con certeza cuál fue el motivo que consiguió convencer a Steve para que se trasladara definitivamente desde su Inglaterra natal hasta Soria, conversando con Enca cuesta poco imaginar quién fue el artífice de ello.

Cuando adquirieron la casa podría decirse que estaba a punto de derrumbarse, así que las primeras labores fueron de derribo y desescombro, aunque la preservación de vigas y otros elementos de madera fue un objetivo prioritario, ya que ambos tenían muy claro que la nueva casa debía conservar el estilo único de las casas pinariegas. La planta superior de la antigua casa era el granero, un espacio diáfano de techo bajo con unos ventanucos, mientras que la planta inferior estaba ocupada por la cuadra, las habitaciones y la cocina, siendo indudablemente esta última la estancia más frecuentada.

Sobre la vertical del hogar en el que crepitaba la leña –única fuente de calor de la época– y ocupando la totalidad de lo que debería ser el techo de la cocina, se elevaba otro elemento peculiar de la arquitectura tradicional. Hablamos de la chimenea encestada, un gigantesco canasto troncocónico construido sobre un armazón de tablas de roble, tejido con ramas de enebro, barro y cal que se convertía en algo así como la columna vertebral de la casa. La chimenea atravesaba el piso superior y sobresalía por el tejado, recubriéndose exteriormente con tejas para protegerla de las inclemencias del tiempo, terminando en su extremo con tablas de madera para formar la contera y rematando el conjunto con una pieza metálica conocida como chipitel, imprescindible para impedir la entrada de agua y nieve durante el invierno.

La reconstrucción de la casa no resultó una tarea sencilla, porque fue necesario incorporar todas las técnicas actuales sin perder el encanto de las casas antiguas. En la planta baja recibe al viajero un amplio distribuidor desde el que parten las escaleras que suben al piso superior. El enorme comedor abraza por ambos lados a la antigua cocina pinariega que en realidad es hoy en día un cuarto de estar. Subiendo las escaleras se llega a un nuevo distribuidor ocupado en gran medida por el cuerpo central de la chimenea encestada, en torno a la cual se encuentran las cuatro habitaciones dobles con las que cuenta el hotel.
La amplitud de espacios es una constante en La Casa de Adobe, tanto en las zonas comunes como en las habitaciones. Esta últimas resultan francamente confortables, sin duda ayudadas por los elevados techos con las vigas de madera a la vista, un detalle que puede penalizar durante los meses invernales a los viajeros más frioleros, aunque se dispone de calefacción por hilo radiante con termostato individual en cada habitación. Obviamente el color terracota es el predominante en las paredes y ellas mismas son visualmente las protagonistas.

La casa resulta muy acogedora a pesar de su austeridad desde el punto de vista decorativo –no debemos olvidar que se trata de una fiel reproducción de las antiguas casas de los labriegos sorianos– aunque sorprende por su calidez. Durante el día se echa en falta algo más de iluminación natural, a pesar de las ventanas adicionales que se abrieron en el comedor, pero si el tiempo acompaña es preferible salir al exterior a disfrutar del aire puro soriano.

Nos resistimos a pensar que haya algún huésped de La Casa de Adobe a quien defraude el desayuno. La variedad del mismo y el cariño con que Enca y Steve atienden a sus invitados son plena garantía de satisfacción. Mermeladas caseras, pan recién tostado, excelente café y mantequilla de Soria. Para los más desvergonzados y atrevidos, huevos fritos y embutido para terminar el vino de la cena de la noche anterior. Por cierto, las cenas diseñadas a menú cerrado constan de aperitivo, entrante, plato principal y postre, todo ello de elaboración casera y con protagonismo de los productos de proximidad.
No nos hemos olvidado de los vinos, hilo conductor de nuestros artículos, más bien hemos decidido dejarlos para el final. Fiel a su filosofía de apostar por los productos autóctonos, la selección de vinos realizada por Steve incluye numerosos representantes sorianos. Varias botellas saludan a los comensales desde una vitrina iluminada de camino al comedor y raro es el que no se detiene ante ella a elegir el vino para la cena.

 

Dos de los vinos que pueden degustarse en la Casa de Adobe, con muchas referencias sorianas. Foto: Francisco Orós.

Los vinos

Comenzamos en el aperitivo con una copa de Valdebonita, monovarietal de albillo, variedad blanca recién aceptada por la DOP Ribera del Duero. Está elaborado por Bodegas Rudeles, un atractivo proyecto que ha surgido del esfuerzo común de varios viticultores, propietarios de pequeñas parcelas con cepas centenarias, alguna incluso prefiloxérica. Nariz plena de manzanas asadas, vainilla, panadería y taller de ebanistería. Alegre y cremoso, con refrescante acidez y final con recuerdos de cáscara de limón. Gran trabajo realizado con una variedad de uva habitualmente seria y sobria.

Para la cena de la primera noche nos decantamos por el 12 Linajes Crianza elaborado por Viñedos y Bodegas Gormaz, un vino muy Ribera del Duero monovarietal de tinta del país con catorce meses en barrica. Le cuesta mostrar en nariz unas tímidas frutas rojas y negras, algo eclipsadas por los tostados y torrefactos de la crianza, dando paso a la mermelada de ciruelas, el regaliz y los balsámicos. Muy elegante, con esa sincera acidez que caracteriza a los riberas más orientales.

El elegido para la segunda de las cenas, fue en realidad una recomendación personal de Steve. La etiqueta del Rudeles 23 no resulta especialmente atractiva, más bien parece algo infantil, y representa el mapa a mano alzada de los 23 viñedos de los que proceden las uvas. Ensamblaje de tinta del país y garnacha con una breve permanencia en roble francés. Guindas y otras frutas rojas, acompañadas de recuerdos lácticos, suaves mentolados y especiados. Cremoso, redondo y amable, con unas sutiles notas de crianza que acompañan sin molestar.

Concluimos aquí este artículo dedicado al sur de la provincia de Soria, un rincón de la España interior pendiente de ser descubierto. Naturaleza, historia, gastronomía y buenas gentes. Remanso de tranquilidad donde una conversación es el mejor placer y compartir una copa de vino representa la máxima felicidad.