Cuadro electrico OK

 

Domingo, 19. Día trigesimoseptimo

El sabatino vermut fue torero, literalmente, pues nos vimos nada menos que A las cinco de la tarde; Currito de la Cruz; El espontáneo y Solos los dos. Cuando tocaba Blancanieves, –muda, además de sin colores, lo que no agradó en exceso a mi madre, amante de la modernidad dentro de un orden− la jefa decidió irse a dormir, y también yo, por simpatía.

Inauguro el domingo retomando Blancanieves −es lo que tiene a tele, que puedes ver las películas en capítulos, como los libros− antes de que mi madre se adueñe del mando para su misa dominical. Gracias a la mudez del filme, oigo llover. ¿En la calle? Ca, en la cocina.

Una tromba al principio, un cadencioso goteo después, apenas nada al final, salvo varios litros de agua desparramados por el suelo. Amén de un diferencial empeñado en mantener su posición superior, por más que uno insistía en convencerle de la conveniencia de la inferior. Conclusión, sin luz en los techos, aunque sí en electrodomésticos. El cardo sigue a salvo; por si acaso le cambio el agua. ¿Cuánto dura un cardo en remojo?

Ahora aprecio los kilómetros de cable, excesivos a todas luces pensaba yo cuando reformé el piso, que instaló mi amigo el virginiano –de Virginia del sur y con un hermano sheriff, como debe ser−, estricto electricista, perfeccionista hasta la extenuación, que me colocó un sistema eléctrico digno de una estación espacial.

Dejo a mi madre con la misa, mientras, manteniendo las distancias, pero sin mascarilla –por no ser descortés− informo a mi vecino de arriba del diluvio, desconocedor el pijo del viajero océano, antaño escondido entre su suelo y mi techo, y hogaño en un pozal, amén del techo de mi dormitorio, perdón, el de mi madre.

Pensaba que le subía más pruebas de cata. Consultados los respectivos seguros de hogar, le toca al suyo, que promete enviarnos a la mayor brevedad. Aunque, explican, debido al confinamiento, el día festivo, quizá llegue mediada la tarde.

Ni la tarde, ni la noche. Que si no hay profesionales disponibles −¿no se quejaban los autónomos de la falta de trabajo?−, que si vaya día hemos elegido para recurrir al servicio de urgencias, como si las urgencias las decidiera uno. Que le pregunten a Sánchez.

Se van a enterar los del seguro. Aprovecho el día para desconchar varias paredes más, quemar varios electrodomésticos trasnochados, mojar esos libros que jamás leeré, ensuciar bastante ropa. Por supuesto, todo absolutamente documentado, que para eso soy del gremio de servicios. Renovación total a cargo de la cuota anual.

No es plan de cocinar. Poder, se puede, pero la luz del flexo que he tenido que instalar en la cocina –no es precisamente luminosa− no induce al trabajo. Y mi madre está inquieta, insegura, como si la filtración fuera el inicio de otra pandemia.

Telecomida. Fideuá para comer y pizza para cenar.

Mañana, lunes, será otro día. Mientras tanto cavilo qué más puedo chorizar al seguro.

 

 

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