ECO Las Cardelinas JGAY

 

Estos días estamos asistiendo a diversas movilizaciones del sector primario, consecuencia directa del incremento de los precios de los combustibles y de la electricidad, el cual, aun siendo un sector estratégico para la soberanía alimentaria, habitualmente queda relegado a un segundo plano de la esfera política.

La dependencia productiva, cautiva de los altibajos de los mercados globalizados de la producción de alimentos, se hace más tangible estos días, a consecuencia de la guerra en Ucrania, ya que ha vuelto a hacer saltar las alarmas del desabastecimiento al vaciarse las estanterías de los supermercados, influenciado también por la psicosis colectiva de seguir al rebaño.

Ya quedó en evidencia con la pandemia, y otra vez es palpable ahora con la guerra, la dependencia que tiene nuestro tejido productivo, tanto el primario como el secundario, de las materias primas producidas a miles de kilómetros de aquí. Y no será porque no tengamos capacidad productiva, que haberla hayla, sino más bien por problemas intrínsecos del propio sector, como por ejemplo la falta de rentabilidad del actual modelo agroalimentario, lo que lo hace poco apetecible para que se pueda producir el relevo generacional de los agricultores y ganaderos, reduciéndose drásticamente los profesionales que se dedican a esta actividad económica, siendo esencial para poder conseguir una soberanía alimentaria plena.

Estas situaciones de cambios a nivel global lamentablemente no tienen visos de cambiar, por lo que una de dos, o nos adaptamos a estas fluctuaciones del mercado o empezamos a romper esa dependencia del exterior.

En lo que respecta al sector primario, si el modelo no cambia, dicha dependencia cada vez va a ser más gravosa, visto el precio de los combustibles fósiles y de la electricidad, que no sólo sirven para producir y transportar alimentos, sino que también de ellos se obtienen la mayoría de los abonos químicos de síntesis usados en la agricultura convencional.

Otro modelo

Parecería que lo más lógico sería cambiar el modelo productivo y de consumo, volviendo a relocalizar en el terreno –ya se ha deslocalizado demasiado– tanto a los productores como a los consumidores de las materias primas, evitando el desmesurado crecimiento de un sector concreto, que desestabilice la balanza de la oferta y la demanda, lastrando al resto de sectores productivos a depender de él, como ya quedó palpable en la anterior hoja verde.

Pero parece que, como es habitual, la opción más racional no es la que tienen en mente nuestros políticos y parte de los sindicatos agrarios, ya que nos tienen acostumbrados a una visión cortoplacista. Según las declaraciones aparecidas estos días en los medios de comunicación, han solicitado a Europa relajar las normas en cuanto al uso de productos fitosanitarios, aumentar el cultivo de transgénicos y flexibilizar las condiciones para la importación de maíz de Argentina y Brasil. Pan para hoy y hambre para mañana.

Con la actual crisis ambiental no parece muy lógico el apostar por productos procedentes de la deforestación del Amazonas y por el aumento del uso de productos fitosanitarios en nuestros cultivos.
Recientemente se ha vuelto a evidenciar la mala salud de nuestro medio ambiente a través de las analíticas realizadas por los organismos de cuenca –Confederaciones hidrográficas– durante los años 2015-2019, que confirman la elevada presencia de glifosato en nuestros ríos y aguas subterráneas, así como la continua presencia en el medio acuático del herbicida más vendido en España.

También el recién publicado informe Altas de plaguicidas 2022 muestra que el uso de estas sustancias ha alcanzado un nuevo récord mundial con un uso global de cuatro millones de toneladas. Entre 2000 y 2018 el uso ha crecido un 30%.

No parece que la solución pase por el incremento del uso de agrotóxicos, cada vez se usan más, pero la situación del sector primario no parece mejorar.

No podemos estar siempre dando un paso hacia delante y dos hacia detrás, ya que de esta manera nunca lograremos cambiar el modelo productivo y de consumo.

Los parches sólo sirven para hacer cada vez más frágil a nuestro sector primario y secundario de los vaivenes de los mercados globalizados.

A ver si a la tercera va la vencida y se trazan estrategias largoplacistas que permitan desarrollarse y adaptarse a nuestros sectores productivos, ya que, si no somos capaces de reducir dicha dependencia a las materias primas exteriores, la sostenibilidad económica, temporal y ambiental nunca estará asegurada.