
Suelen ser pequeñas, casi insignificantes. Cuesta trabajo creer el gran potencial que poseen para generar vida. Son una metáfora de supervivencia a través de las generaciones y de renacimiento. También se las cita en los libros como: simiente, semen, germen, fuente, causa.
Aquí hablaremos de las semillas de plantas comestibles que han dejado de cultivarse por diversos motivos: poca producción, factores ambientales, modas y, en el peor de los casos, por presiones de algunas multinacionales que venden semillas híbridas para asegurarse el vigor y la homogeneidad; y también de los hortelanos no pueden obtener semillas como las originales, perdiéndose producciones locales que son las mejor adaptadas tanto al suelo como al clima y a los gustos alimenticios de sus habitantes.
Por estos motivos, es de agradecer el esfuerzo de los agricultores que defienden y conservan sus tesoros y a aquellos organismos que los apoyan en esta tarea. Un ejemplo es la Red de Semillas de Aragón y el Banco de Germoplasma de Hortícolas del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón, CITA, que llevan años trabajando con algunas hortalizas locales en ensayos agronómicos comparativos de variedades tradicionales como con las zanahorias silvestres de Ateca –de colores blanco, amarillo y morado– y la variedad comercial Nantesa, de color naranja. La última degustación tuvo lugar en Escuela de Sabor, a cargo de Celia Ciprés. El año anterior caracterizaron morfológica y sensorialmente y este año, se ha tratado un proceso de depuración de la semilla. Probamos las elaboraciones de estas zanahorias de Daniel Yranzo, que siendo menos dulces que las naranjas, manifestaban en crudo diversos aromas a hinojo, pino, rábano, con alguna sensación picante y, ya cocinadas, unas texturas más cremosas y sabrosas.

También, dentro del acuerdo de colaboración entre la Red de Semillas de Aragón y el CTA, Centro de Transferencia Agroalimentaria, se han realizado estudios de caracterización morfológica y organoléptica, en siete variedades tradicionales aragonesas –lechuga morada de Alcorisa, tres cogollos de Barbastro, negra de Calaceite, el volador de Maella, moreneta de Ontiñena, romana de Banastón y romana de Benabarre–; cinco prospectadas por el director del Centro de Innovación Gastronómica de Aragón, CIGA, y dos, procedentes del Banco de Germoplasma. La última cata de estas lechugas, tuvo lugar en A Vecinal Supermercado Cooperativo en Zaragoza y fue dirigida por Ismael Ferrer. Ambos ensayos fueron presentados por Mónica Herrera en colaboración con las agricultoras, Marisa Rubio de la localidad de Maluenda y Nerea Insausti, de Sieso de Jaca. El objetivo final es seleccionar aquellas que puedan ser de interés gastronómico, pues se distinguen según su forma: en cogollo, arrepollada y romana.
Sensorialmente se encontraron diferencias en la valoración global, sobre todo en cuanto a su crocantez y en la aparición de sabor amargo.
Como ha dicho la doctora Cristina Mallor, responsable del Banco de Germoplasma Hortícolas del CITA- Aragón, al recibir el Premio Women in Ag 2025, en Hannover, en la categoría Tecnología e investigación: «Volver a tener una de estas semillas recuperadas en nuestros platos, es una triple victoria: un aumento de biodiversidad, unos sistemas alimentarios más resilientes y una cultura gastronómica viva».
Últimamente han ido surgiendo las Bibliotecas de semillas, que ofrecen simientes autóctonas –no transgénicas– en préstamo –como los libros– a quien tenga interés en plantarlas con el compromiso de devolver la cantidad alquilada por diez en un año hábil. ¿Quién se anima?





