«Para saber de vino y toros hay que tener tiempo y dinero»»

 

 

Imposible resumir en unas líneas todo lo que José María Marteles, el hijo del tío Lucas, ha hecho en la hostelería y en la vida. El presidente y fundador de la Asociación Empresarial de Cafés y Bares de Zaragoza y Provincia ha gestionado restaurantes, bares de piscinas y casas regionales. Ha organizado veladas de boxeo, festivales taurinos y hasta ha impulsado las fiestas populares de la capital aragonesa. Es hermano de la Cofradía de la Dolorosa y del Santo Cristo de Cadrete.

¿Cuál es su primer recuerdo relacionado con el vino?

Las sopetas que me daba para merendar mi abuela paterna, María Mingarro, en Plenas, en el Campo de Belchite. Nací en Zaragoza, pero a los dos años volvimos al pueblo y allí tengo muchos recuerdos de infancia, como el de las sopetas, pan, azúcar y vino. Por supuesto, también tengo recuerdos de crecer en los bares de mi padre, como el Rialto, el primero que abrió en la avenida de San José en 1962. Era pastor, tenía dos carnicerías en Zaragoza y una la cambió por el bar. Así empezó su historia, y la mía, con la hostelería.

¿Y su primer recuerdo profesional o contacto con el vino?

En los negocios de mi padre. Después del Rialto, toda la familia nos fuimos a Madrid, donde llegó a tener dos bares. Volvimos a Aragón y abrió El Humilde Rincón y El Rancho Grande. Recuerdo cuando íbamos a comprar vino en garrafas a Lécera y luego lo embotellábamos y lo vendíamos por cinco pesetas. De ahí a Cambrils y a Salou y vuelta a Zaragoza. Era un emprendedor y no paraba; yo, que soy tan cabezudico como mi padre, no podía estar en el mismo sitio, así que empecé mi camino, con varios socios, varios negocios, bares y discotecas, en Zaragoza, Épila y Cariñena. He llevado muchas piscinas de Zaragoza, la Casa de Teruel, etc.

¿Qué quería ser de mayor?

Mi padre quería que estudiara Derecho, pero eso era demasiado estudiar para mí. Estaba destinado a dedicarme a la hostelería. Es verdad que me gustaba mucho el mundo de los toros, pero no hubiera sido torero porque tenía más miedo que valor.

¿Cómo le explicaría qué es la felicidad a un niño de siete años?

Ha cambiado mucho todo. Antes éramos felices jugando en la calle, al churro va, al taco o las chivas. En casa había una bicicleta para los tres hermanos. Ahora lo tienen todo y parte de la culpa es de los padres y los abuelos, porque les damos más de lo que piden.

¿Qué parte de responsabilidad tiene el vino en su felicidad actual?

Bastante. Soy cervecero, pero el vino es para las ocasiones. Las cervezas son para el día a día, el vino para las comidas o las cenas de grandes momentos. Al estar tantos años en hostelería, he probado muchos vinos, aunque no soy un gran experto. Para mí, el mejor vino es el que me gusta.

Hablar de las emociones del vino ¿es solo imagen?

No. El vino ofrece emociones que nos mueven a beberlo con los amigos o los familiares, que es cuando mejor sabe. Tomar un buen vino es olerlo, saborearlo y masticarlo. No soy gran bebedor de vino, soy torpe para descubrir aromas o sabores, pero me gusta que me lo cuenten. Creo que hubo un antes y un después, cuando Heraldo de Aragón empezó a regalar hace 35 años, con el suplemento los domingos, copas y decantadores. Nos enseñaron que se podía beber vino bueno y bonito, y a dejar de beber el vino rural de casa.

Dicen que todos los españoles llevan dentro un presidente del gobierno y un seleccionador de fútbol. ¿También llevamos ahora un (falso) sumiller, alguien que cree saber de vino?

Hablo con muchos sumilleres, los hay que entienden y lo transmiten bien, y otros que no tanto, que solo hablan de vinos de altos precios. Pero es verdad que la gente joven ha cambiado el chip, se apunta a catas, lee, prueba. Como decía un experto, para saber de vino y toros, «hay que tener tiempo y dinero», porque hay que abrir muchas botellas. Es una realidad que se consume más; vas por el Tubo y ves cinco vinos y una cerveza o un agua. Te invitan a una cena y llevas una botella de veinte euros, y no quiero decir que porque sea caro esté bueno. Se piensa de otra manera en el vino; prefiero pagar una botella de vino que una de whisky. Aragón tiene grandes vinos y podemos competir con todo el mundo.
¿Se sigue disfrutando del vino cuando se trabaja con él?
Se disfruta mucho cuando te ponen un vino de calidad con amigos o familia, porque se puede comentar todo.

¿Qué le quita el sueño? ¿Qué tal duerme?

A mis años, no me quita el sueño nada. Solo me preocupa lo que le pasa a mi familia y a la gente joven, a ver qué futuro se van a encontrar.

¿A quién invitaría a un vino? Personaje histórico, público o alguien de su entorno.

En general, a cualquier persona que le guste el vino y quiera pasar un rato agradable. He tenido la suerte de poder tomarme vinos con mucha gente interesante.
Quizá me volvería a tomar un vino con Eduardo Miura padre, al que hicimos un homenaje en la Cafetería Fortea.

¿Y quién cree que no se merece ni olerlo?

A los fantasmas que van de enterados del vino, pero que si les tapas los ojos no saben ni qué beben.

¿A quién le debe un vino? (Cita pendiente)

A mucha gente, a compañeros de la profesión y, sobre todo, a amigos de la mili que nos vemos de ciento a viento.

¿Qué ha hecho últimamente para hacer feliz a alguien?

Juntar a toda mi familia cuando el Ayuntamiento de Zaragoza me nombró zaragozano ejemplar el pasado San Valero. Mi esposa y mis hijas alucinaron. No les suele gustar ir a muchos eventos, pero ese día vinieron todas, los nietos y yo, superfeliz. Fue uno de esos días de celebración con vino.

¿Cómo se ve en diez años?

Estoy jubilado y me encuentro bien. Soy muy activo, así que espero verme igual en diez años. Si no me pudiera valer, lo pasaría muy mal.